RESEÑA DEL MES: AHORA ME LLAMO LUISA

Luis y Martín son mejores amigos. Luis es un osito con pajarita. Es el fiel acompañante de Martín en todos sus juegos y aventuras. Hacen muchísimas cosas: Montan en bicicleta por el patio, plantas verduras en el jardín, comen sándwiches en la casa del árbol y meriendan en casa cuando llueve.

Un día de sol radiante, Martín busca a al osito Luis para salir a jugar al parque, pero, por desgracia, el pobre Luis estaba tan triste que no tenía ganas de jugar. El pobre Martín hacía todo lo posible para que Luis se pusiera contento, pero no servía nada.

Y es que a Luis le daba mucho miedo contarle lo que le ocurría. Temía que, si se lo decía, dejara de ser su amigo.

 

Pero lo más bonito, es la sencillez con la que Martín responde.

 

Este cuento es una historia sencilla de un tema que, los adultos, podemos llegar a hacer complejo. Este cuento habla de la transexualidad, pero también habla de la amistad, de la aceptación, de la validación emocional y de la empatía.

 

Aplicación en sesión

Este cuento, como todos, se puede utilizar como premio al final de una sesión, para evaluar la velocidad y exactitud lectora, la comprensión, etc.

Además, es un muy buen material para hablar de la singularidad de cada persona, de que todos somos diferentes independientemente de que la persona se sienta identificada con el personaje. Se pueden tratar las diferencias de otra índole como son la discapacidad física, Síndrome de Asperger, Dificultades de Aprendizaje… y cualquier otra etiqueta que haga que los niños se sientan diferentes al resto. De esta forma, se implicarán en la historia en tercera persona y, más tarde, se puede trabajar la idea de que todos y todas nos diferenciamos en muchas cosas.

Por último y de forma más previsible, se puede utilizar en cualquier caso de transexualidad. Tanto con la persona, como con los familiares y amigos.

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RESEÑA DEL MES: EL ÚNICO RECUERDO DE FLORA BANKS

“Estoy en lo alto de una montaña, y aunque sé que he hecho algo terrible, no tengo ni la menor idea de qué es. Lo sabía hace un minuto o una hora, pero se me ha ido de la cabeza y no he tenido tiempo de ponerlo por escrito, así que se ha perdido. Sé que debo permanecer alejada, pero no sé de qué me escondo.”

Así empieza el prólogo del libro El único recuerdo de Flora Banks, de la autora Emily Barr. Un libro que, a pesar de que su sinopsis nos puede dar a entender que es la típica novela de amor adolescente, es mucho más que eso.

Flora tiene 17 años y sufre amnesia anterógrada. A los 10 años le ocurrió algo terrible que le provocó una lesión cerebral. Desde entonces, no recuerda nada más de dos o tres horas seguidas. Sin embargo, mantiene todos los recuerdos de sus diez primeros años.
La chica de esta historia es valiente e intrépida. Debe poner en orden sus emociones continuamente puesto que, actualmente se siente adolescente pero sus únicos recuerdos le hacen sentirse una niña. ¿Hay mejor metáfora de las dificultades en el autoconcepto que viven los adolecentes? ¿Soy una niña? ¿Soy adulta? ¿Soy adolescente para unas cosas y niña para otras?

Además, se hace especial hincapié en la capacidad de Flora para buscar las herramientas que necesita y sobrepasar sus límites. No se fomenta la pasividad y “el no puedo” o “no sé” que tanto nos incapacita a todos. Ella sabe lo que ocurre, se entera varias veces al día y lo vive como si se enterara por primera vez. Pero, lejos de victimizarse por si situación, se arma de valor y está dispuesta a vivir su vida como ella quiere.

Y por último y no menos importante, a pesar de que la novela aparenta ser la típica historia de la chica que lo deja todo por un chico, todo se queda en eso. En una simple apariencia. Al final, el libro nos da una lección de cómo se pueden perder personas a las que queremos por priorizar una historia de amor o de cómo podemos conseguir nuestros objetivos independientemente del ámbito de la pareja.

 

Aplicación en sesión

Dada su longitud, este libro lo recomiendo para leerlo fuera de la consulta a cualquier persona que se encuentre entre los 13-20 años. Nos acerca a los problemas que existen y la sociedad no nos cuenta, como es la amnesia o cualquier lesión cerebral. Nos enseña a ser proactivos y salir hacia delante tal y como somos, con nuestros puntos fuertes, pero también con esas cosas que nos cuestan más y que todos tenemos. Nos enseña que la sobreprotección no es la mejor opción, aunque a veces nos convenzamos de lo contrario. Y nos enseña que las mujeres no necesitamos de un hombre para ser lo que queramos ser.

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BATALLAS CORRIENTES: Vida tras la jubilación

La entrevista de este mes está protagonizada por Marisa, quien se jubiló hace un año y ha comenzado una nueva vida. En ocasiones, la jubilación puede llevar a sentimientos de vacío, soledad y apatía. Es un momento en el que la vida sufre un gran cambio y, con ello, la identidad personal puede verse inestable. En esta ocasión, Marisa no ha sufrido sentimientos desagradables sino todo lo contrario.

 

Hace 1 año que te jubilaste ¿Tenías ganas de que llegara?

Sí, tenía ganas. Empecé tarde a trabajar porque primero me dediqué a criar a mis tres hijos. Cuando lo retomé, lo hice con mucha ilusión. Mi trabajo de celadora me gustaba, pero mis fuerzas, con el paso de los años, no eran las mismas. Llegar a la jubilación fue todo un reto.

 

¿Cómo fue para ti ese momento?

Para mí fue una alegría llegar a la meta que me había propuesto, aunque por problemas burocráticos tardé un poco en disfrutarla. Al final, todo se arregló y llegó la ansiada jubilación.

 

¿Notaste un cambio en tu vida cuando empezaste tu jubilación?

Claro que lo noté. El no madrugar, no comer tarde, no tener que mirar el reloj, poder disfrutar de algún viaje sin tener que pensar en los días libres o los que te quedan de vacaciones… es algo que se agradece.

 

¿Has vuelto a hacer cosas que habías dejado de hacer por falta de tiempo?

He vuelto a asistir a charlas, a ir a la playa independientemente del día, a desayunar fuera de casa en el sitio que quiera y leer el periódico sin prisa…. Pueden parecer que no son grandes cosas, pero me dije a mí misma que me tomaría un año sabático después de tanto estrés y esfuerzo.

 

¿Podrías explicarnos en que consiste un día en tu vida como jubilada?

Mi día consiste en no levantarme antes de las nueve de la mañana si no hay un motivo que lo justifique. Después, desayuno fuera de casa mientras leo el periódico durante una hora aproximadamente. Más tarde hago la compra, repaso la casa y hago la comida.

Por las tardes tengo momentos para hacer bicicleta estática y para descansar. Hago visitas domiciliarias a los enfermos y, a veces, me voy de compras o al teatro.

 

¿Consideras que ha empeorado tu vida de alguna manera desde que estás jubilada? No, mi vida no ha empeorado. Al contrario, me ha dado más libertad para poder dedicarme a las cosas que me gustan.

 

¿De qué manera crees que ha mejorado?

Una de las cosas que ha mejorado con la llegada de la jubilación ha sido mi carácter. Las prisas y las obligaciones me hacían más susceptible. Además, mi vida social estaba condicionada por mi horario laboral y por la energía que me quedaba después de trabajar.

Ahora tengo más ganas y más tiempo para ir a charlas, a conciertos, hacer algún viaje y disfrutar de mis nietos.

 

Hay personas que, tras su jubilación, sienten soledad que les puede causar un estado de ánimo depresivo. ¿Te ha ocurrido a ti?

Aunque no es mi caso, he de decir que al principio de la jubilación noté un gran cambio en cuanto al tiempo que disponía para estar con mi marido. Noté un sentimiento de “falta de espacio” que se solucionó disfrutando de tiempo de ocio por separado. Mi marido, por ejemplo, almorzaba con sus amigos y se reunía alguna tarde con ellos mientras yo me iba a los sitios que he comentado anteriormente.

 

¿Qué le dirías a esas personas que se han jubilado y sienten que están viviendo una vida vacía?

Les diría que la vida no solo es trabajar. Que hay montones de cosas pequeñas para disfrutar. Una excursión, una comida relajada solos o con amigos… No hace falta un gran restaurante. Se puede dar un paseo por la playa, se pueden tomar una horchata en un chiringuito o como muchos voluntarios a los que yo me uno para ver enfermos o ancianos en sus casas u hospitales. Os aseguro que, a pesar de sus dificultades son felices y nos hacen ver cuán injustos somos cuando nos quejamos teniendo una salud física y psíquica que ellos no tienen.

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La importancia del esfuerzo en los niños

Desde hace unos meses me encuentro con padres y madres que se quejan de lo poco que se esfuerzan sus hijos/as. Tengan la edad que tengan. Niños y niñas de 5 a 12 años y adolescentes de 13 a 17. Pero, ¿qué es el esfuerzo?

El esfuerzo es la actitud de la persona que emplea gran fuerza física o mental con algún fin determinado. Thomas Edison afirmó que “el genio era un 1% inspiración y un 99% transpiración”, refiriéndose al sudor que genera el esfuerzo. La inteligencia es necesaria para desempeñar determinadas actividades, pero no es suficiente si no se le acompaña del esfuerzo que conlleva realizar una actividad hasta el final.

Pero, uno no se esfuerza únicamente a la hora de hacer los deberes y de prepararse exámenes. También se puede esforzar en el deporte, al tocar un instrumento, al cumplir una rutina, al organizarse las tareas diarias. Se puede esforzar para no cometer los mismos errores, para pensar antes de actuar, para no molestar a un compañero o a una amiga…

 

Y ¿cómo podemos ver el esfuerzo? ¿Por los resultados? ¿Por la conducta?

En ocasiones, los adultos miden el esfuerzo de los niños y adolescentes basándose en los resultados académicos, deportivos o artísticos. Pero, esta forma de observar el esfuerzo nos puede llevar a error ya que hay niños que se esfuerzan mucho y no obtienen resultados y no por ello deben ser tachados de vagos. De igual forma, hay menores inteligentes que pueden sacar resultados muy positivos sin esforzarse. Por tanto, el esfuerzo no depende única y exclusivamente de los resultados posteriores sino de la voluntad y la perseverancia que el niño o la niña ponen en la tarea que realizan.
Además, el esfuerzo está relacionado con la tolerancia a la frustración. Cuanto más acostumbrado está un niño a esforzarse para conseguir algo, más tolerancia a la frustración presenta. Esto es así porque, si una persona se tiene que esforzar para hacer algo, partimos de la base de que no le sale bien a la primera y de forma rápida, por lo que es probable que fracase alguna vez antes de conseguir su objetivo.

Esto, lo podemos ver en niños con Dificultades de Aprendizaje que invierten muchas horas de estudio para conseguir notas aceptables. Ellos están acostumbrados a obtener resultados negativos que le llevan a esforzarse más y a valorar la posibilidad de que no siempre salgan las cosas como uno quiere.

Por el contrario, los niños con una gran competencia cognitiva obtienen resultados muy positivos sin que les suponga esfuerzo. Pero, con el paso del tiempo, los contenidos curriculares aumentan en dificultad y extensión. Es entonces cuando encontramos problemas a la hora de conseguir resultados igual de buenos que en el pasado, porque no se ha instaurado el esfuerzo como pieza clave para conseguir los objetivos.

En el plano comportamental se puede observar cierta dificultad a la hora de tolerar la frustración en este tipo de niños por diversos motivos. Ser líder de un grupo, actuar tal y como esperan los adultos cuando tienen pocos años, el aprendizaje rápido en los cinco primeros años de edad, etc. puede hacer que estos niños y niñas con una alta capacidad cognitiva y/o social, estén acostumbrados a que las cosas suelan salir como ellos esperan.

Pero, ¿qué ocurre cuando crecen? Los roles grupales cambian, los amigos van aumentando su independencia, los adultos les dan más responsabilidades y las situaciones de la vida aumentan su dificultad. Es entonces cuando podemos ver diferentes situaciones que revelan una baja tolerancia a la frustración como niños que no quieren estudiar más de media hora seguida a pesar de no saberse todo el temario, pequeños que dejan un juego a medias porque van perdiendo e incluso adolescentes que pegan puñetazos al mobiliario por haber perdido una partida en la consola.

 

¿Cómo podemos potenciar el esfuerzo desde que son bien pequeños? Además de practicarlo en el ámbito académico y con las tareas de la casa, también se puede fomentar este valor de forma divertida:

  • Preparando recetas de cocina en las que deben organizarse, buscar alimentos, trabajar y esperar su turno.
  • Haciendo cualquier tipo de actividad que les divierta mientras aumentamos la dificultad paulatinamente: puzles, buscar las diferencias, construcciones, dibujos…
  • Hacerles partícipes de la organización de su propio cumpleaños o cualquier fiesta: eligiendo la decoración, yendo a comprar los alimentos, preparando invitaciones…
  • Aprendiendo a tocar un instrumento.
  • Practicando algún deporte.
  • Utilizando recursos prácticos como cuentos, películas y series que fomenten el esfuerzo.
  • Reforzando la conducta de esfuerzo independientemente del resultado obtenido.
  • Dotarles de autonomía sujeta a la edad del niño.
  • Reforzar la idea de seguir luchando a pesar de la dificultad en contraposición al abandono ante el primer contratiempo.
  • Servir de ejemplo como adultos.

 

Por último, os dejo algunos ejemplos de películas de dibujos que fomentan el esfuerzo:

Recordad, el esfuerzo en equipo siempre sabe mejor 😉

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