Cuando los castigos no sirven de nada

“Le he quitado todo y sigue sin hacer caso”. “Le dejo sin móvil, sin tablet y sin consola y me dice que le da igual. Ya no sé qué hacer”.

A veces se acude a consulta cuando se ha llegado al límite. Al límite con los profesores, al límite con los padres y al límite con los hermanos. Cuando esto ocurre, hace tiempo que la relación con los menores se convirtió en una lucha de poder. Esta lucha solo lleva a escaladas de rebeldía en la que todos los implicados se esfuerzan por imponer lo que cada uno quiere.

¿Qué suele pasar cuando se llega a este límite? Que los adultos quieren soluciones rápidas debido a su sensación de frustración e impotencia, y los menores llegan tan acostumbrados a evitar las responsabilidades que necesitan un mayor tiempo para bajar de esa escalada límite en la que están envueltos.

En estas ocasiones, las demandas de adultos y menores no están, ni por asomo, en el mismo camino. Los padres y profesores desean que se cumplan las normas porque ya no recuerdan cuando fue la última vez que no hubo una bronca. Los menores, por su parte, hace tiempo que dejaron de sentirse comprendidos y escuchados por sus figuras de protección. Unos se sienten ninguneados, los otros se sienten juzgados.

Y, ante esta dificultad de comunicación donde los implicados se encuentran tan lejos unos de otros…, ¿qué podemos hacer? Algo diferente a lo esperado. Algo que rompe las expectativas de padres e hijos.

Los padres esperan que hagan caso a nuestros límites de profesional y sienten un aliado en nuestra parte. Los hijos, por el contrario, nos ven como una amenaza. Como a esa persona externa que no les conoce de nada y les va a juzgar por su comportamiento como el resto de los adultos. ¿Qué hacemos entonces? Lo contrario.

Antes de seguir poniendo castigos que, de momento, no han servido, necesitamos ganarnos al menor. Generar un vínculo con ellos con total confianza. Servir de modelo de figura protectora que les haga sentirse a gusto y seguros para, poco a poco, ir rompiendo esa coraza emocional que muestran en forma de comportamiento problemático.

Ante esto, no todos los padres lo entienden. “¿Por qué sigue sin hacer nada?” “¿Está “toreando” también a la psicóloga?”. Ni mucho menos. Estamos trabajando poquito a poco, de una forma diferente a la que tiene en casa y en clase y con la que no se obtienen los resultados esperados.

“Pero… ¿y qué hacemos los padres entonces? ¿Qué haga lo que quiera?”. No. No se trata de dejar a los hijos que vivan en su anarquía. Podemos dejar a un lado los castigos teniendo en cuenta los límites. Es el momento de cambiar el:

“Si no haces los deberes te quito el móvil”

por

“Si haces los deberes tienes media hora de móvil y si recoges tu habitación tienes media hora más”.

Consiste en poner la norma que queremos que se cumpla desde un lenguaje positivo. Si haces una cosa, te premio con otra. Además, es muy importante que el premio sea lo suficientemente motivador como para que al menor le compense hacer esa norma que le supone tanto esfuerzo.

“¡Pero si solo es hacer la cama! ¿Cómo le va a costar?”. Hacer la cama, no es solo hacer la cama. Poner la mesa, no es solo poner la mesa. Estudiar, aunque pensemos que “es su deber”, no es solo estudiar. Todas estas conductas a realizar, como decía al principio, ya se han convertido en una lucha de poder, en una forma de relacionarse y empieza a ser la forma en la que se crea el autoconcepto como los que se definen diciendo “soy el gracioso de clase” o “soy un liante” y cambiar estas etiquetas, amigos, supone un arduo trabajo de padres, profesores, menores y psicólogos.

Los “deberes” para las vacaciones de Navidad: Cartas a los Reyes Magos

Esta semana vienen los Reyes Magos desde el lejano Oriente para… ¿Traer regalos a los niños? ¿Van a hacer ese viaje tan largo solo para comprarle cosas materiales a los niños y niñas de hoy en día? Pero… ¿cómo es posible que alguien se esfuerce tanto para traer regalos?

Normalizamos tanto esta situación que corremos el riesgo de no sacar un partido emocional y agradecido de esta tradición. Es cierto que son fechas de ilusión, de nervios, de magia… Pero, ¿y si lo son también de gratitud y compromiso?

Durante estas últimas semanas en la consulta, les pido dos tareas especiales a los niños y adolescentes:

  • Hacer una carta a los Reyes Magos pidiéndoles cómo quieren que sea su 2018 real (nada de pedir que les toque la lotería a los familiares ni cosas por el estilo). Un aspecto importante es que no pueden pedir nada material.
  • Hacer una carta a los Reyes Magos dándoles las gracias por todo lo que les ha ocurrido, han aprendido, por la gente que han conocido, etc. durante el 2017.

Y es que, sin darnos cuenta, nos concentramos en pedir y en mejorar olvidándonos de todo lo que hemos conseguido. Se nos olvida transmitir esa gratitud que tanto nos aporta en nuestro estilo de vida.

Con estas dos cartas, que los adultos también podemos realizar, podremos cambiar nuestro punto de mira. Podremos centrarnos, aunque sea por un momento, en aquello que nos gusta de nuestro día a día, en los objetivos alcanzados y en las personas que nos rodean y que valen la pena. Pero, con la carta que nos enfoca al futuro, podremos ponernos objetivos claros hacia los que trabajar para seguir mejorando y poder escribir una carta a final de año que nos permita sentirnos agradecidos con la vida que llevamos.

¿Qué hay mejor que escribir a los Reyes Magos en familia? ¿Qué pensarán los peques si sus padres escriben sus cartas agradecidos por lo que tienen en su vida y enfocándose hacia el compromiso de cumplir nuevos objetivos? Gratitud y esfuerzo, dos valores más que positivos para trabajar en familia.

Y, sin ánimo de querer parecerme a los magníficos Reyes Magos, la ayudante de Baltasar os deja las dos cartas para que podáis imprimirlas y escribir junto a los niños y no tan niños, vuestras cartas de este año.

¡Feliz 2018!

La importancia del esfuerzo en los niños

Desde hace unos meses me encuentro con padres y madres que se quejan de lo poco que se esfuerzan sus hijos/as. Tengan la edad que tengan. Niños y niñas de 5 a 12 años y adolescentes de 13 a 17. Pero, ¿qué es el esfuerzo?

El esfuerzo es la actitud de la persona que emplea gran fuerza física o mental con algún fin determinado. Thomas Edison afirmó que “el genio era un 1% inspiración y un 99% transpiración”, refiriéndose al sudor que genera el esfuerzo. La inteligencia es necesaria para desempeñar determinadas actividades, pero no es suficiente si no se le acompaña del esfuerzo que conlleva realizar una actividad hasta el final.

Pero, uno no se esfuerza únicamente a la hora de hacer los deberes y de prepararse exámenes. También se puede esforzar en el deporte, al tocar un instrumento, al cumplir una rutina, al organizarse las tareas diarias. Se puede esforzar para no cometer los mismos errores, para pensar antes de actuar, para no molestar a un compañero o a una amiga…

 

Y ¿cómo podemos ver el esfuerzo? ¿Por los resultados? ¿Por la conducta?

En ocasiones, los adultos miden el esfuerzo de los niños y adolescentes basándose en los resultados académicos, deportivos o artísticos. Pero, esta forma de observar el esfuerzo nos puede llevar a error ya que hay niños que se esfuerzan mucho y no obtienen resultados y no por ello deben ser tachados de vagos. De igual forma, hay menores inteligentes que pueden sacar resultados muy positivos sin esforzarse. Por tanto, el esfuerzo no depende única y exclusivamente de los resultados posteriores sino de la voluntad y la perseverancia que el niño o la niña ponen en la tarea que realizan.
Además, el esfuerzo está relacionado con la tolerancia a la frustración. Cuanto más acostumbrado está un niño a esforzarse para conseguir algo, más tolerancia a la frustración presenta. Esto es así porque, si una persona se tiene que esforzar para hacer algo, partimos de la base de que no le sale bien a la primera y de forma rápida, por lo que es probable que fracase alguna vez antes de conseguir su objetivo.

Esto, lo podemos ver en niños con Dificultades de Aprendizaje que invierten muchas horas de estudio para conseguir notas aceptables. Ellos están acostumbrados a obtener resultados negativos que le llevan a esforzarse más y a valorar la posibilidad de que no siempre salgan las cosas como uno quiere.

Por el contrario, los niños con una gran competencia cognitiva obtienen resultados muy positivos sin que les suponga esfuerzo. Pero, con el paso del tiempo, los contenidos curriculares aumentan en dificultad y extensión. Es entonces cuando encontramos problemas a la hora de conseguir resultados igual de buenos que en el pasado, porque no se ha instaurado el esfuerzo como pieza clave para conseguir los objetivos.

En el plano comportamental se puede observar cierta dificultad a la hora de tolerar la frustración en este tipo de niños por diversos motivos. Ser líder de un grupo, actuar tal y como esperan los adultos cuando tienen pocos años, el aprendizaje rápido en los cinco primeros años de edad, etc. puede hacer que estos niños y niñas con una alta capacidad cognitiva y/o social, estén acostumbrados a que las cosas suelan salir como ellos esperan.

Pero, ¿qué ocurre cuando crecen? Los roles grupales cambian, los amigos van aumentando su independencia, los adultos les dan más responsabilidades y las situaciones de la vida aumentan su dificultad. Es entonces cuando podemos ver diferentes situaciones que revelan una baja tolerancia a la frustración como niños que no quieren estudiar más de media hora seguida a pesar de no saberse todo el temario, pequeños que dejan un juego a medias porque van perdiendo e incluso adolescentes que pegan puñetazos al mobiliario por haber perdido una partida en la consola.

 

¿Cómo podemos potenciar el esfuerzo desde que son bien pequeños? Además de practicarlo en el ámbito académico y con las tareas de la casa, también se puede fomentar este valor de forma divertida:

  • Preparando recetas de cocina en las que deben organizarse, buscar alimentos, trabajar y esperar su turno.
  • Haciendo cualquier tipo de actividad que les divierta mientras aumentamos la dificultad paulatinamente: puzles, buscar las diferencias, construcciones, dibujos…
  • Hacerles partícipes de la organización de su propio cumpleaños o cualquier fiesta: eligiendo la decoración, yendo a comprar los alimentos, preparando invitaciones…
  • Aprendiendo a tocar un instrumento.
  • Practicando algún deporte.
  • Utilizando recursos prácticos como cuentos, películas y series que fomenten el esfuerzo.
  • Reforzando la conducta de esfuerzo independientemente del resultado obtenido.
  • Dotarles de autonomía sujeta a la edad del niño.
  • Reforzar la idea de seguir luchando a pesar de la dificultad en contraposición al abandono ante el primer contratiempo.
  • Servir de ejemplo como adultos.

 

Por último, os dejo algunos ejemplos de películas de dibujos que fomentan el esfuerzo:

Recordad, el esfuerzo en equipo siempre sabe mejor 😉

Pensamientos de una adolescente: Soy más que un boletín de notas

En este post, Cristina nos hace darnos cuenta de cómo los adultos podemos comportarnos con los menores sin darnos cuenta. De cómo nos relacionamos con ellos y de lo que sienten al respecto. ¿Cuántas veces les preguntáis a los niños y adolescentes por sus notas? ¿Cuántas veces les preguntáis por sus amigos/as, por lo que han hecho el fin de semana o por la última película que han visto?

 

 

“En este post, me gustaría hablar sobre esas personas cercanas al estudiante, que le dan demasiada importancia a las notas aún no siendo ellos los que tienen que sacarlas.

Estas personas pueden darle demasiada importancia a las notas por muchos motivos, como puede ser que sean los padres y solo les preocupa las notas de sus hijos/as (a veces en exceso), puede que hayan sido excelentes estudiantes y por eso ahora le toca ser a otro con los mismos resultados, puede que estén frustrados porque ellos no consiguieron el nivel que les hubiera gustado…

En el caso de los padres se entiende que se preocupen por sus hijos, pero creo que las  personas ajenas demasiado interesadas en las notas de otro, deberían plantearse el por qué ese interés, y no sólo eso, también deberían empezar a plantearse si se interesan en los resultados de otra persona por simple interés, por competitividad, por no saber mantener una conversación sin sacar el tema, etcétera.

No está mal preguntar sobre este tipo de temas, pero hay que saber hasta qué punto se puede preguntar, porque puede que al estudiante le haya ido muy bien y no le importe decirlo, pero también hay que valorar la opción de que no le haya ido tan bien, y por ello, no quiera publicarlo ni ir más allá del tema. Y mucho menos si hay más personas delante. Es mejor evitar este tipo de conversaciones en ciertos momentos para no poder hacer daño a otros con un tema que puede que les importe de verdad.

Otras personas que les pueden dar demasiada importancia a las notas, son los profesores. En centros públicos es menos probable que pase, pero sobretodo en los privados, sí hay cierta exigencia por parte de los profesores. Puede que los propios estudiantes no le den importancia a comentarios de terceros, pero en la mayoría de casos es posible que sí les afecte y puedan tener ansiedad o nervios antes y durante los exámenes, quitando importancia a otras cosas que también requieren de atención. Y  lo más importante: preocupándose más por las notas que por aprender.

Hablando de mi propia experiencia, a mí siempre me preguntan por mis notas. No me preguntan qué tal estoy, sino me preguntan única y exclusivamente por mis notas. Antes siempre hablaba sobre eso y daba con detalle mis notas, pero porque ha sido un tema que nunca me ha importado hablar.

Pero hace un tiempo, me di cuenta de que hablar detalladamente sobre cualquier cosa era dar información sin sentido. Primero, porque las personas dejan de escucharte, y segundo, porque me aburre hablar siempre del mismo tema. Por eso, decidí que cuando me sacaran el tema, iba a responder lo mismo: todo va bien.  Y desde entonces, me preguntan menos, y me siento mejor al responder.”

*Colaboración de Cristina, adolescente con muchas cosas que decir.