APUESTAS: LOS MENORES SON VÍCTIMAS, NO CULPABLES

El juego de apuestas está cada vez más normalizado en nuestra sociedad. Si pensábamos que las máquinas tragaperras de los bares ya se habían quedado obsoletas, ha aparecido una nueva forma de encandilar a menores y a adultos: Las apuestas deportivas.

Nos costó mucho tiempo conseguir que no hubiera anuncios de tabaco y alcohol en la televisión y en la radio (aunque en las series televisivas ha vuelto a aumentar el número de veces que salen fumando y bebiendo). Después, de las adicciones a sustancias pasamos a añadir el uso abusivo de consolas y móviles.

Ahora, por si fuera poco, aumenta de forma alarmante el número de menores que se inician en el mundo de las apuestas deportivas sin sueldo y sin madurez suficiente para poder actuar de forma racional ante esta situación.

Según los estudios, las adicciones conductuales son muy parecidas a las adicciones a sustancias. Pero, ¿qué son las adicciones conductuales?

Las adicciones conductuales son las conductas compulsivas que son capaces de estimular el cerebro de una forma especial produciendo cambios en su funcionamiento. Aunque no impliquen el consumo de una sustancia, también pueden suponer deterioro personal y social de la persona, perjudicando su vida.

Entre otras, las adicciones conductuales más conocidas son:

– Trastorno por Juegos de Apuestas (Ludopatía o Juego Patológico)

– Adicción a Internet y a las nuevas tecnologías virtuales.

– Compras compulsivas

– Adicción al Sexo

– Adicción al Trabajo

¿Cuándo se puede diagnosticar el Trastorno por Juego de apuestas? Según el DSM-5, los criterios son los siguientes:

Criterios diagnósticos de Gambling Disorder o Trastorno por Juego de apuestas (F63.0) del DSM-5.

A- Conducta problemática de juego de apuestas recurrente y persistente, que lleva a incapacidad o distrés clínicamente significativos, como sucede cuando el individuo exhibe 4 (o más) de los siguientes síntomas durante un período de 12 meses:

1.- Necesidad de jugar cantidades crecientes de dinero para lograr la excitación deseada.

2.- Está inquieto o irritable cuando intenta interrumpir o detener el juego.

3.- Ha efectuado reiterados esfuerzos no exitosos para controlar, interrumpir o detener el juego.

4.- Está frecuentemente preocupado por el juego de apuestas (Ej.: pensamientos persistentes de revivir experiencias pasadas, planear la próxima sesión, pensar maneras de obtener el dinero para apostar).

5.- Juega frecuentemente cuando se siente con distrés (ej: desesperanzado, culpable, ansioso o deprimido).

6.- Después de perder dinero en el juego, vuelve con frecuencia otro día para intentar recuperarlo (rescatar o cazar (chasing) las propias pérdidas).

7.- Miente para ocultar su grado de implicación en el juego.

8.- Ha arriesgado o perdido relaciones interpersonales significativas, oportunidades de trabajo y educativas o profesionales debido al juego.

9.- Confía en que los demás le proporcionen el dinero que alivie la desesperada situación financiera causada por el juego.

B- La conducta de juego de apuestas no puede ser atribuible a un episodio maníaco.

Personalmente, me canso de escuchar comentarios culpabilizadores hacia los adolescentes y jóvenes:

“Ahora están los chiquillos apostando”

“Cada vez hay más adolescentes en las apuestas deportivas”

Pero… ¿qué ocurre con los anuncios de televisión? ¿Por qué utilizan figuras de referencia como Neymar o Cristiano Ronaldo para fomentar el juego patológico y cobran por ello? ¿Por qué no paran de abrir locales de apuestas y son totalmente legales? ¿Por qué las páginas de Internet pueden permitir que menores jueguen y apuesten contestando a una simple pregunta como “¿Tiene más de X años?” Sí, adalente!

Si las adicciones a sustancias y las adicciones conductuales tienen tantos aspectos en común, ¿por qué unas son ilegales y otras no?

Algo está yendo mal. Nos alarmamos por el nivel creciente de juego patológico pero seguimos promocionándolo. Dejemos este juego de doble rasero. Si no existiera, no ocurriría.

MENORES Y JÓVENES CON PRINCIPIOS

¿Has escuchado alguna vez a alguien hablando de lo perdidos que están “los jóvenes de ahora” o desprecios sobre los adolescentes? Es común, desde hace mucho tiempo, desprestigiar a los menores o a los jóvnes de hoy en día con la justificación de que “antes todo era mejor”. Las series eran mejor, los dibujos eran más educativos, los juguetes eran de más calidad… No está mal tener capacidad crítica y hacer introspección sobre nuestro camino o sobre cómo la sociedad se dirige hacia determinados sitios. Pero, ¿qué puede ocurrir como consecuencia de esta crítica? Que solo veamos lo negativo de nuestros niños, adolescentes y jóvenes.

Solo nos fijamos o solo hablamos del alumno que molesta en clase. Solo se comenta sobre “lo mal que educan algunos padres a sus hijos”. De que ya no hay valores ni educación. De lo egoístas y materialistas que parecen al preocuparse únicamente por el móvil y el whatsapp. Y es cierto, tenemos sobredosis de estos aspectos pero… ¿seguro que solo son así? ¿Que no hay ningún otro valor inculcado?

Hoy vengo decidida a romper una lanza a favor de los menores y de los jóvenes. A defender todo lo que veo en cada persona que viene a consulta ya tenga 6 o 7 años, sea adolescente o veinteañero.

Veo adolescentes que, a simple vista, tienen un comportamiento complicado pero que, por debajo de esa actitud, hay chicos que se preocupan por sus compañeros, por mejorar y por ser felices de una manera adaptativa. También hablo con adolescentes que, tras esa fachada de chicos difíciles, me hablan de por qué no quieren fumar ni beber alcohol y de las noticias que ocurren a nivel mundial y tanto le preocupan.

Veo niños que no quieren que sus padres se gasten más dinero en ellos y niños preocupados porque sus hermanos tienen un diagnóstico de Asperger. También veo menores de todas las edades que se frustran cuando no consiguen aprobar sus exámenes después de esforzarse o preocupados por no verse capaces de conseguirlo.

Hay jóvenes que estudian y trabajan, jóvenes que quieren cambiar las cosas y que tienen proyectos de futuro.

Yo los veo ¿Y vosotros? ¿Los véis?