RESEÑA DEL MES: AHORA ME LLAMO LUISA

Luis y Martín son mejores amigos. Luis es un osito con pajarita. Es el fiel acompañante de Martín en todos sus juegos y aventuras. Hacen muchísimas cosas: Montan en bicicleta por el patio, plantas verduras en el jardín, comen sándwiches en la casa del árbol y meriendan en casa cuando llueve.

Un día de sol radiante, Martín busca a al osito Luis para salir a jugar al parque, pero, por desgracia, el pobre Luis estaba tan triste que no tenía ganas de jugar. El pobre Martín hacía todo lo posible para que Luis se pusiera contento, pero no servía nada.

Y es que a Luis le daba mucho miedo contarle lo que le ocurría. Temía que, si se lo decía, dejara de ser su amigo.

 

Pero lo más bonito, es la sencillez con la que Martín responde.

 

Este cuento es una historia sencilla de un tema que, los adultos, podemos llegar a hacer complejo. Este cuento habla de la transexualidad, pero también habla de la amistad, de la aceptación, de la validación emocional y de la empatía.

 

Aplicación en sesión

Este cuento, como todos, se puede utilizar como premio al final de una sesión, para evaluar la velocidad y exactitud lectora, la comprensión, etc.

Además, es un muy buen material para hablar de la singularidad de cada persona, de que todos somos diferentes independientemente de que la persona se sienta identificada con el personaje. Se pueden tratar las diferencias de otra índole como son la discapacidad física, Síndrome de Asperger, Dificultades de Aprendizaje… y cualquier otra etiqueta que haga que los niños se sientan diferentes al resto. De esta forma, se implicarán en la historia en tercera persona y, más tarde, se puede trabajar la idea de que todos y todas nos diferenciamos en muchas cosas.

Por último y de forma más previsible, se puede utilizar en cualquier caso de transexualidad. Tanto con la persona, como con los familiares y amigos.

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Cuando los castigos no sirven de nada

“Le he quitado todo y sigue sin hacer caso”. “Le dejo sin móvil, sin tablet y sin consola y me dice que le da igual. Ya no sé qué hacer”.

A veces se acude a consulta cuando se ha llegado al límite. Al límite con los profesores, al límite con los padres y al límite con los hermanos. Cuando esto ocurre, hace tiempo que la relación con los menores se convirtió en una lucha de poder. Esta lucha solo lleva a escaladas de rebeldía en la que todos los implicados se esfuerzan por imponer lo que cada uno quiere.

¿Qué suele pasar cuando se llega a este límite? Que los adultos quieren soluciones rápidas debido a su sensación de frustración e impotencia, y los menores llegan tan acostumbrados a evitar las responsabilidades que necesitan un mayor tiempo para bajar de esa escalada límite en la que están envueltos.

En estas ocasiones, las demandas de adultos y menores no están, ni por asomo, en el mismo camino. Los padres y profesores desean que se cumplan las normas porque ya no recuerdan cuando fue la última vez que no hubo una bronca. Los menores, por su parte, hace tiempo que dejaron de sentirse comprendidos y escuchados por sus figuras de protección. Unos se sienten ninguneados, los otros se sienten juzgados.

Y, ante esta dificultad de comunicación donde los implicados se encuentran tan lejos unos de otros…, ¿qué podemos hacer? Algo diferente a lo esperado. Algo que rompe las expectativas de padres e hijos.

Los padres esperan que hagan caso a nuestros límites de profesional y sienten un aliado en nuestra parte. Los hijos, por el contrario, nos ven como una amenaza. Como a esa persona externa que no les conoce de nada y les va a juzgar por su comportamiento como el resto de los adultos. ¿Qué hacemos entonces? Lo contrario.

Antes de seguir poniendo castigos que, de momento, no han servido, necesitamos ganarnos al menor. Generar un vínculo con ellos con total confianza. Servir de modelo de figura protectora que les haga sentirse a gusto y seguros para, poco a poco, ir rompiendo esa coraza emocional que muestran en forma de comportamiento problemático.

Ante esto, no todos los padres lo entienden. “¿Por qué sigue sin hacer nada?” “¿Está “toreando” también a la psicóloga?”. Ni mucho menos. Estamos trabajando poquito a poco, de una forma diferente a la que tiene en casa y en clase y con la que no se obtienen los resultados esperados.

“Pero… ¿y qué hacemos los padres entonces? ¿Qué haga lo que quiera?”. No. No se trata de dejar a los hijos que vivan en su anarquía. Podemos dejar a un lado los castigos teniendo en cuenta los límites. Es el momento de cambiar el:

“Si no haces los deberes te quito el móvil”

por

“Si haces los deberes tienes media hora de móvil y si recoges tu habitación tienes media hora más”.

Consiste en poner la norma que queremos que se cumpla desde un lenguaje positivo. Si haces una cosa, te premio con otra. Además, es muy importante que el premio sea lo suficientemente motivador como para que al menor le compense hacer esa norma que le supone tanto esfuerzo.

“¡Pero si solo es hacer la cama! ¿Cómo le va a costar?”. Hacer la cama, no es solo hacer la cama. Poner la mesa, no es solo poner la mesa. Estudiar, aunque pensemos que “es su deber”, no es solo estudiar. Todas estas conductas a realizar, como decía al principio, ya se han convertido en una lucha de poder, en una forma de relacionarse y empieza a ser la forma en la que se crea el autoconcepto como los que se definen diciendo “soy el gracioso de clase” o “soy un liante” y cambiar estas etiquetas, amigos, supone un arduo trabajo de padres, profesores, menores y psicólogos.

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Pensamientos de una adolescente: Me aburro en clase ¿Me ayudas?

Es realmente raro encontrar alumnos que necesiten más material de trabajo y por eso, la mayoría de personas no les prestamos atención a estas necesidades. El error está en que al igual que una persona a la que le cuesta estudiar  necesita adaptaciones, otra también las puede necesitar para enriquecer sus conocimientos.

El resto de la publicación va a tratar sobre mi experiencia y mi opinión personal. Entiendo que muchos no la compartan, pero siento que este es uno de los pocos medios en los que me puedo sentir escuchada.

Desde hace mucho tiempo, yo digo que en clase me aburro. Y no es porque no me interese lo que están explicando, o porque no tenga interés. De hecho, a mí me pasa todo lo contrario. Me aburro porque escuchar lo mismo durante cincuenta y cinco minutos que dura la clase, cuando ya lo tengo claro, cansa. También entiendo que hay alumnos a los que les cuesta más entender el temario y requieren de más duración en la explicación u otro tipo de atención.

Por eso mismo, me puse en contacto con el centro y expliqué cómo me sentía en clase. Lo único que hicieron fue repetirme unas pruebas que me habían hecho hacía dos meses, y después, todo se quedó como estaba. Yo nunca me quejé, pero sí sentía impotencia porque yo sabía que podía avanzar pero nadie me dejaba hacerlo.

Esto hizo que a parte de seguir en la misma situación en la que estaba antes, perdiera motivación por ir al instituto, y cuando esto pasa, tu rendimiento no es el que era. Cosa que frustra mucho cuando crees que podría irte  mejor, pero cuando intentas solucionarlo hay algo que no te permite hacerlo.

Todos estos sentimientos, que me resultan tan difíciles de expresar, hacen que para mí el instituto sea un lugar en el que no me siento a gusto ni comprendida por la gente que hay allí.

Teniendo en cuenta mi experiencia, mi opinión es que los profesionales del centro han intentado no darle importancia al asunto y han evitado tener más trabajo, cosa que me molesta porque luego en clase cada uno de los profesores, se encarga de decirnos que debemos trabajar y esforzarnos más, y cuando un alumno/a pide eso, entonces nadie hace nada. Y desde mi punto de vista, si este tema se tratara con más seriedad, se podría conseguir sacar muchas cosas buenas de las personas que tienen interés en aprender.

Por último, creo que todos los alumnos deberían ser escuchados y atendidos según sus necesidades y, también pienso que en la educación se necesitan profesionales con más vocación y con la mente más abierta, sin centrarse solo en los resultados académicos.

 

*Colaboración de Cristina, adolescente con muchas cosas que decir.

 

 

 

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Los “deberes” para las vacaciones de Navidad: Cartas a los Reyes Magos

Esta semana vienen los Reyes Magos desde el lejano Oriente para… ¿Traer regalos a los niños? ¿Van a hacer ese viaje tan largo solo para comprarle cosas materiales a los niños y niñas de hoy en día? Pero… ¿cómo es posible que alguien se esfuerce tanto para traer regalos?

Normalizamos tanto esta situación que corremos el riesgo de no sacar un partido emocional y agradecido de esta tradición. Es cierto que son fechas de ilusión, de nervios, de magia… Pero, ¿y si lo son también de gratitud y compromiso?

Durante estas últimas semanas en la consulta, les pido dos tareas especiales a los niños y adolescentes:

  • Hacer una carta a los Reyes Magos pidiéndoles cómo quieren que sea su 2018 real (nada de pedir que les toque la lotería a los familiares ni cosas por el estilo). Un aspecto importante es que no pueden pedir nada material.
  • Hacer una carta a los Reyes Magos dándoles las gracias por todo lo que les ha ocurrido, han aprendido, por la gente que han conocido, etc. durante el 2017.

Y es que, sin darnos cuenta, nos concentramos en pedir y en mejorar olvidándonos de todo lo que hemos conseguido. Se nos olvida transmitir esa gratitud que tanto nos aporta en nuestro estilo de vida.

Con estas dos cartas, que los adultos también podemos realizar, podremos cambiar nuestro punto de mira. Podremos centrarnos, aunque sea por un momento, en aquello que nos gusta de nuestro día a día, en los objetivos alcanzados y en las personas que nos rodean y que valen la pena. Pero, con la carta que nos enfoca al futuro, podremos ponernos objetivos claros hacia los que trabajar para seguir mejorando y poder escribir una carta a final de año que nos permita sentirnos agradecidos con la vida que llevamos.

¿Qué hay mejor que escribir a los Reyes Magos en familia? ¿Qué pensarán los peques si sus padres escriben sus cartas agradecidos por lo que tienen en su vida y enfocándose hacia el compromiso de cumplir nuevos objetivos? Gratitud y esfuerzo, dos valores más que positivos para trabajar en familia.

Y, sin ánimo de querer parecerme a los magníficos Reyes Magos, la ayudante de Baltasar os deja las dos cartas para que podáis imprimirlas y escribir junto a los niños y no tan niños, vuestras cartas de este año.

¡Feliz 2018!

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