RESEÑA DEL MES: AHORA ME LLAMO LUISA

Luis y Martín son mejores amigos. Luis es un osito con pajarita. Es el fiel acompañante de Martín en todos sus juegos y aventuras. Hacen muchísimas cosas: Montan en bicicleta por el patio, plantas verduras en el jardín, comen sándwiches en la casa del árbol y meriendan en casa cuando llueve.

Un día de sol radiante, Martín busca a al osito Luis para salir a jugar al parque, pero, por desgracia, el pobre Luis estaba tan triste que no tenía ganas de jugar. El pobre Martín hacía todo lo posible para que Luis se pusiera contento, pero no servía nada.

Y es que a Luis le daba mucho miedo contarle lo que le ocurría. Temía que, si se lo decía, dejara de ser su amigo.

 

Pero lo más bonito, es la sencillez con la que Martín responde.

 

Este cuento es una historia sencilla de un tema que, los adultos, podemos llegar a hacer complejo. Este cuento habla de la transexualidad, pero también habla de la amistad, de la aceptación, de la validación emocional y de la empatía.

 

Aplicación en sesión

Este cuento, como todos, se puede utilizar como premio al final de una sesión, para evaluar la velocidad y exactitud lectora, la comprensión, etc.

Además, es un muy buen material para hablar de la singularidad de cada persona, de que todos somos diferentes independientemente de que la persona se sienta identificada con el personaje. Se pueden tratar las diferencias de otra índole como son la discapacidad física, Síndrome de Asperger, Dificultades de Aprendizaje… y cualquier otra etiqueta que haga que los niños se sientan diferentes al resto. De esta forma, se implicarán en la historia en tercera persona y, más tarde, se puede trabajar la idea de que todos y todas nos diferenciamos en muchas cosas.

Por último y de forma más previsible, se puede utilizar en cualquier caso de transexualidad. Tanto con la persona, como con los familiares y amigos.

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BATALLAS CORRIENTES: DE MAYOR QUIERO SER TRABAJADORA SOCIAL

Esta semana, la sección de Batallas Corrientes está realizada por Nieves Gómez, estudiante de Trabajo Social. Una persona motivada por lo que estudia y dedicada al cien por cien.  Durante los años de carrera o, incluso, en el ejercicio de la profesión, algunas personas pierden el foco. Se olvidan de por qué estudiaron una carrera y no otra,de por qué decidieron estudiar eso que tanto les gustaba… ¿Qué era lo que les gustaba? ¿Por qué ya no ilusiona ir cada día a trabajar? Nieves nos ayuda a recordarlo desde su experiencia de vida.

“Hoy vengo a hablaros sobre mi experiencia en una profesión tan bonita, pero tan desconocida a la vez, como lo es el Trabajo Social.  El grado en Trabajo Social se encuentra en la Universidad de Alicante (entre otras) y es un gran desconocido entre los tantísimos grados universitarios que imparte la Universidad de Alicante. No he conocido a nadie que, desde bien pequeño/a, se le pregunte qué quiere ser de mayor y responda orgulloso u orgullosa: “Quiero ser Trabajador/a Social”. ¿A qué se debe? Sinceramente, hay tantos factores que influyen. En primer lugar, los prejuicios y “topicazos” que se desenvuelven alrededor de la profesión, como pueden ser los comentarios tipo: “los trabajadores sociales solo ayudan a los pobres”, “los trabajadores sociales son esos que ayudan a los abuelos” o “Sí, esos del ayuntamiento que te quitan a los hijos”. Por no hablar, que ni siquiera en un porcentaje bastante amplio de la población de mi entorno lo reconoce como un grado universitario, estando este implantado desde el año 1983 en las universidades de España.

El grado en Trabajo Social, es una carrera universitaria que nos permite reflexionar, madurar, y lo más bonito, en mi opinión, encontrar nuestro lugar en la sociedad. Creo que es una profesión que se encuentra bastante infravalorada con respecto a otras del ámbito social. Una profesión que nos hace sentirnos útiles y valiosos ante una sociedad llena de injusticias sociales y desigualdad, sobre todo en estos tiempos que nos rodean. Es un grado que nos ayuda y nos da las herramientas teóricas y prácticas necesarias para poder ejercer el mayor beneficio posible ante la intervención con personas que se encuentran en situación de vulnerabilidad. Es la inquietud ante un desequilibrio social, donde hoy en día los derechos sociales y humanos se desvalorizan al mismo ritmo que crece el conformismo social ante una sociedad infestada de valores individualistas que nos convierte en seres vacíos. Ser Trabajadora Social requiere una gran responsabilidad social, porque no somos simples gestores de recursos económicos, somos profesionales de las relaciones sociales y la problemática que envuelve a todas ellas. Somos profesionales donde nuestros principios profesionales deben estar presentes en cada intervención, por mínima que sea, pues es por ello que el Consejo General del Trabajo Social desarrolló nuestro propio Código Deontológico.

Si bien, todo esto es lo que nos enseñan en las aulas, he de reconocer que el ejercicio profesional a día de hoy es bien diferente a la realidad utópica que nos creamos en los vagones del Aulario III. He de agradecer a la Universidad de Alicante, los 48 créditos de prácticas externas que se conceden en este grado, porque sinceramente, somos de los pocos grados que comienzan sus prácticas externas en el tercer curso. Esta experiencia me ha servido (y me está sirviendo) para conocerme a mí misma como profesional y, sobre todo, saber donde se encuentran mis límites psíquicos y emocionales. Es duro, encontrarse con el primer parte de lesiones por una víctima de violencia de género; es duro el relato de una madre hablando sobre el abuso sexual que ha sufrido su hija con seis años; es duro ver día tras día como el reconocimiento de la Dependencia tarda dos años en resolverse, y muchas personas fallecen por el camino; es duro ver esas necesidades implícitas de conductas adictivas condicionadas por la situación socioeconómica en la que se encuentran muchas familias; en resumen, es duro querer ayudar como profesional y no tener los recursos suficientes para poder llevar a cabo la intervención más óptima posible. Sí, ser Trabajadora Social no es una profesión fácil, ya que en numerosas ocasiones la impotencia ante la realidad en la que vivimos nos desborda como personas. Es por ello, que nuestro mecanismo de defensa al fin y al cabo se trata de “normalizar” esa realidad que nos envuelve en nuestro ámbito profesional. Pero no por ello, debemos caer en la tentación de desvincularnos de nuestra práctica profesional, sino que, como mecanismo de defensa, debe ayudarnos a implicarnos cada vez más y con más fuerza para poner en práctica todas nuestras herramientas profesionales y conseguir el empoderamiento (empowertment) tan necesario para la persona que se encuentra enfrente de nosotros, haciéndoles partícipes de su propio cambio.

Porque trabajadores sociales hay muchos, pero ¿quiénes están dispuestos a implicarse al 100% para generar cambios? Porque es lo que somos. Somos profesionales generadores de cambios sociales, que luchan día tras día a través de las buenas prácticas que nos permiten avanzar y afrontar los nuevos retos profesionales a los que nos enfrentamos en esta sociedad cambiante. Somos y seremos profesionales implicados en la construcción de un Estado de bienestar, donde un sistema de protección social eficaz garantice la dignidad y la calidad de vida de cada una de las personas que viven en esta sociedad.”

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Cuando los castigos no sirven de nada

“Le he quitado todo y sigue sin hacer caso”. “Le dejo sin móvil, sin tablet y sin consola y me dice que le da igual. Ya no sé qué hacer”.

A veces se acude a consulta cuando se ha llegado al límite. Al límite con los profesores, al límite con los padres y al límite con los hermanos. Cuando esto ocurre, hace tiempo que la relación con los menores se convirtió en una lucha de poder. Esta lucha solo lleva a escaladas de rebeldía en la que todos los implicados se esfuerzan por imponer lo que cada uno quiere.

¿Qué suele pasar cuando se llega a este límite? Que los adultos quieren soluciones rápidas debido a su sensación de frustración e impotencia, y los menores llegan tan acostumbrados a evitar las responsabilidades que necesitan un mayor tiempo para bajar de esa escalada límite en la que están envueltos.

En estas ocasiones, las demandas de adultos y menores no están, ni por asomo, en el mismo camino. Los padres y profesores desean que se cumplan las normas porque ya no recuerdan cuando fue la última vez que no hubo una bronca. Los menores, por su parte, hace tiempo que dejaron de sentirse comprendidos y escuchados por sus figuras de protección. Unos se sienten ninguneados, los otros se sienten juzgados.

Y, ante esta dificultad de comunicación donde los implicados se encuentran tan lejos unos de otros…, ¿qué podemos hacer? Algo diferente a lo esperado. Algo que rompe las expectativas de padres e hijos.

Los padres esperan que hagan caso a nuestros límites de profesional y sienten un aliado en nuestra parte. Los hijos, por el contrario, nos ven como una amenaza. Como a esa persona externa que no les conoce de nada y les va a juzgar por su comportamiento como el resto de los adultos. ¿Qué hacemos entonces? Lo contrario.

Antes de seguir poniendo castigos que, de momento, no han servido, necesitamos ganarnos al menor. Generar un vínculo con ellos con total confianza. Servir de modelo de figura protectora que les haga sentirse a gusto y seguros para, poco a poco, ir rompiendo esa coraza emocional que muestran en forma de comportamiento problemático.

Ante esto, no todos los padres lo entienden. “¿Por qué sigue sin hacer nada?” “¿Está “toreando” también a la psicóloga?”. Ni mucho menos. Estamos trabajando poquito a poco, de una forma diferente a la que tiene en casa y en clase y con la que no se obtienen los resultados esperados.

“Pero… ¿y qué hacemos los padres entonces? ¿Qué haga lo que quiera?”. No. No se trata de dejar a los hijos que vivan en su anarquía. Podemos dejar a un lado los castigos teniendo en cuenta los límites. Es el momento de cambiar el:

“Si no haces los deberes te quito el móvil”

por

“Si haces los deberes tienes media hora de móvil y si recoges tu habitación tienes media hora más”.

Consiste en poner la norma que queremos que se cumpla desde un lenguaje positivo. Si haces una cosa, te premio con otra. Además, es muy importante que el premio sea lo suficientemente motivador como para que al menor le compense hacer esa norma que le supone tanto esfuerzo.

“¡Pero si solo es hacer la cama! ¿Cómo le va a costar?”. Hacer la cama, no es solo hacer la cama. Poner la mesa, no es solo poner la mesa. Estudiar, aunque pensemos que “es su deber”, no es solo estudiar. Todas estas conductas a realizar, como decía al principio, ya se han convertido en una lucha de poder, en una forma de relacionarse y empieza a ser la forma en la que se crea el autoconcepto como los que se definen diciendo “soy el gracioso de clase” o “soy un liante” y cambiar estas etiquetas, amigos, supone un arduo trabajo de padres, profesores, menores y psicólogos.

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RESEÑA DEL MES: EL ÚNICO RECUERDO DE FLORA BANKS

“Estoy en lo alto de una montaña, y aunque sé que he hecho algo terrible, no tengo ni la menor idea de qué es. Lo sabía hace un minuto o una hora, pero se me ha ido de la cabeza y no he tenido tiempo de ponerlo por escrito, así que se ha perdido. Sé que debo permanecer alejada, pero no sé de qué me escondo.”

Así empieza el prólogo del libro El único recuerdo de Flora Banks, de la autora Emily Barr. Un libro que, a pesar de que su sinopsis nos puede dar a entender que es la típica novela de amor adolescente, es mucho más que eso.

Flora tiene 17 años y sufre amnesia anterógrada. A los 10 años le ocurrió algo terrible que le provocó una lesión cerebral. Desde entonces, no recuerda nada más de dos o tres horas seguidas. Sin embargo, mantiene todos los recuerdos de sus diez primeros años.
La chica de esta historia es valiente e intrépida. Debe poner en orden sus emociones continuamente puesto que, actualmente se siente adolescente pero sus únicos recuerdos le hacen sentirse una niña. ¿Hay mejor metáfora de las dificultades en el autoconcepto que viven los adolecentes? ¿Soy una niña? ¿Soy adulta? ¿Soy adolescente para unas cosas y niña para otras?

Además, se hace especial hincapié en la capacidad de Flora para buscar las herramientas que necesita y sobrepasar sus límites. No se fomenta la pasividad y “el no puedo” o “no sé” que tanto nos incapacita a todos. Ella sabe lo que ocurre, se entera varias veces al día y lo vive como si se enterara por primera vez. Pero, lejos de victimizarse por si situación, se arma de valor y está dispuesta a vivir su vida como ella quiere.

Y por último y no menos importante, a pesar de que la novela aparenta ser la típica historia de la chica que lo deja todo por un chico, todo se queda en eso. En una simple apariencia. Al final, el libro nos da una lección de cómo se pueden perder personas a las que queremos por priorizar una historia de amor o de cómo podemos conseguir nuestros objetivos independientemente del ámbito de la pareja.

 

Aplicación en sesión

Dada su longitud, este libro lo recomiendo para leerlo fuera de la consulta a cualquier persona que se encuentre entre los 13-20 años. Nos acerca a los problemas que existen y la sociedad no nos cuenta, como es la amnesia o cualquier lesión cerebral. Nos enseña a ser proactivos y salir hacia delante tal y como somos, con nuestros puntos fuertes, pero también con esas cosas que nos cuestan más y que todos tenemos. Nos enseña que la sobreprotección no es la mejor opción, aunque a veces nos convenzamos de lo contrario. Y nos enseña que las mujeres no necesitamos de un hombre para ser lo que queramos ser.

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