Adultos racionales y poco emocionales

Cada vez más, en mi práctica profesional, doy con adultos con una capacidad de raciocinio admirable. Muchos tienen un alto nivel cultural, una inteligencia media (como mínimo) y cursan o han finalizado estudios universitarios o FP. No importa la edad: 19, 25, 30, 37…

Los adultos que vienen a consulta te comentan sus inquietudes, sus dudas existenciales, te preguntan o te proponen libros, son dueños de empresas o miembros de equipos organizativos. Son padres de familia, son hermanos mayores. Son ejemplo para sus personas cercanas. Quizá son jóvenes que no han entrado al mundo laboral pero que sueñan con cambiar las cosas. Personas que piensan en sí mismos y en los demás.

Piensan… De pensar, en gran parte, va hoy este post. ¿Crees que pensar es una ventaja o un inconveniente?

 

Tic, tac, tic, tac…

 

¿Coincide lo que has pensado con alguna de estas respuestas?

“Es una ventaja, obviamente”.

“Si no pensara no podría solucionar nada”.

“Bueno, quizá pensar no me hace sentir bien”.

“Cada vez que pienso me pongo triste”

“Depende” (la amada respuesta de los/las psicólogos/as).

 

Depende, diría yo… Y, haciendo alusión a Pau Donés en Jarabe de Palo ¿de qué depende?

De muchas cosas. Depende de si los pensamientos son racionales o irracionales, de si nos sirven para solucionar problemas o nos los crean, de si pienso tanto que nunca llego a actuar, de pensar por querer controlarlo todo y frustrarme porque es imposible.

Depende de los beneficios y costes que nos supongan esos pensamientos. Qué bonito es pensar, pero qué genial es pensar y SENTIR. ¿Qué nos ocurre actualmente? ¿Por qué hay tanto adulto que piensa y tan poco adulto que SIENTE?

La educación emocional llegó a tiempo para algunos y tarde para muchos otros. Muchas generaciones han sido educadas en valores morales y en la importancia de estudiar y tener un trabajo para ganarse la vida. Cosas de vital importancia que se desvirtúan cuando no se tienen en cuenta las emociones.

Preguntas tales como “¿qué sientes?”, “¿por qué estás triste?”, “¿estás enfadado?”, “¿a qué tienes miedo?”… son impensables para muchas personas. Y no hablo únicamente desde la infancia, sino en las relaciones de pareja, amistad o incluso con sus propios hijos e hijas.

No nos enseñan cosas tan sutiles como que una misma situación puede generar emociones diferentes y que lo que yo siento está bien, de igual forma que lo que siente la otra persona también está bien. Nadie nos dice (o nos muestra mediante el ejemplo) que podemos sentir una emoción en diferente intensidad. Que no solo estamos tristes cuando lloramos o estamos enfadados cuando gritamos. Podemos estar tristes estando serios y podemos enfadarnos en determinadas situaciones y no querer empezar una discusión acalorada.

Nos refuerzan cuando somos lógicos y constantes. Nos tienen en cuenta cuando somos responsables y adaptados al medio. Y, como consecuencia, tendemos a entender nuestro mundo con pensamientos e ideas en lugar de preguntarnos qué nos hace sentir ese mundo y si nos gusta o no esa sensación.

Es entonces cuando aparecen ansiedades, miedos y tristezas que no sabemos de dónde vienen. Trabajamos una fobia y aparece otra, tenemos un entorno aparentemente feliz pero nos sentimos decaídos y tenemos insomnio por no dejar de pensar por mucho que probamos todas las técnicas que leemos en artículos y libros.

Creo fervientemente en la importancia de las inteligencias múltiples. Pero no como algo que transmitir en los menores sino a los adultos. A nosotros mismos.

 

Si hay algo más potente que un nivel de razonamiento lógico en nuestra vida es una capacidad de conocer, entender, perdonar y dirigir nuestras emociones para, más tarde, poder confiar en nuestros pensamientos.

 

Y es que ya lo dijo Van Gogh:

 

Pensamientos de una adolescente: ¿Qué nos preocupa en la adolescencia?

“Este mes me apetecía escribir sobre las preocupaciones o situaciones que nos pueden agobiar, que normalmente tenemos los adolescentes.


Por una parte, una de las cosas que más nos agobia es pensar en el futuro. Desde que empezamos la ESO, todos los profesores empiezan a hablarnos de carreras universitarias, bachillerato, notas, responsabilidad, horas de estudio… Y en esta etapa empiezas a reeplantearte qué vas a querer hacer o a qué vas a querer dedicarte el resto de tu vida. Y, en muchas ocasiones, nadie tiene claro qué es lo que le gustaría hacer porque no encuentra una carrera en la que se sienta a gusto. En este caso, creo que los centros deben tener otro enfoque hacia el futuro de los alumnos. Por ejemplo si informaran de que no hace falta ir a la universidad para tener cierto título, sino que mediante un ciclo formativo también puedes tener otras opciones para tener trabajo, posiblemente los alumnos no se agobiarían tanto pensando en que si no van a la universidad, no podrán tener opciones a conseguir trabajo.

En cuanto al tema de la universidad, que es al que me quiero enfrentar yo, creo que el sistema educativo que tenemos no nos ayuda en absoluto a disfrutar de nuestra época de aprendizaje y hacen que los alumnos pensemos más en la nota que en lo que deberíamos estar aprendiendo. No me parece justo que para acceder a una carrera tengas que tener una nota exacta. Me refiero a que si una persona quiere estudiar una carrera cuya nota de corte es 9’85, pero ha obtenido en las pruebas de acceso un 9’5, esta persona no pueda hacer la carrera que le gustaría y tiene que hacer otra en la que no se sienta cómodo/a. Estas situaciones son las que provocan un descontento general durante la época de bachillerato, en la que durante dos años tienes que dedicar la mayor parte de tu tiempo estudiando para conseguir las notas más altas y poder ir a la universidad y estudiar aquello que quieres.
Hay otros casos en los que la carrera que se quiere elegir no requiere una puntuación muy alta y, por lo tanto, la ansiedad durante estos años no es tanta, pero los alumnos también pensamos en las salidas laborales de lo que queremos estudiar y cuando piensas en ello y ves la situación de desempleo en la que muchas de las personas con estudios, másters etc. se encuentran… sientes que no vas a sobrevivir haciendo lo que te gusta. Posiblemente esto no sería así, si en los institutos los profesores u orientadores hablaran con los alumnos sobre cómo enfrentarse al futuro laboral en vez de hablar sobre la importancia de la nota de selectividad.

Dejando de lado una de las situaciones que más nos agobia a los adolescentes, hablaré de otra que tiene relación con la anterior y a la que también le damos mucha importancia. Se trata de las relaciones sociales. Por lo general, a todas las personas nos gusta relacionarnos con otros y compartir el tiempo con gente con la que nos sentimos cómodos/as, pero sobretodo en la adolescencia estas relaciones son muy importantes y cuando estas nos decepcionan, parece que hemos perdido una parte de nosotros que era muy importante.

Es en esta etapa, la adolescencia, en la que te das cuenta de que los amigos del cole dejan de serlo o quedan muy pocos, que las nuevas personas a las que conoces y que puedes considerar tus amigos, por una razón u otra acaban separándose de ti o, incluso, que tu mejor amiga/o deja de hablarte de un día para otro. Entonces es cuando sientes que puedes confiar en poca gente y te da miedo que los que se acercan a ti lo hagan por interés propio y cuando ya no te necesitan, simplemente pasan a formar parte del pasado. Esto,  muchos adultos lo  consideran como algo natural y sin importancia, pero a veces las cosas más insignificantes (a simple vista), son las que más duelen en una época en la que las emociones fluyen y no se pueden controlar.


Desde mi punto de vista, deberíamos dejar de hablar de trabajo, estudios, política… Y centrarnos más en cómo se sienten las personas que tenemos alrededor, sin infravalorar estos sentimientos que podemos ver como algo sin importancia, pero que puede que para la otra persona sea algo que de verdad le importe.”

*Colaboración de Cristina, adolescente con muchas cosas que decir.

LA IMPORTANCIA DE LOS PADRES EN LA TERAPIA DE SUS HIJOS

Cuando los niños son pequeños y el objetivo de consulta consiste en manejar las rabietas, conseguir que coma aceptablemente bien o explicar un divorcio, nos parece algo más obvio que los padres tengan un gran peso en el proceso de terapia.

Pero, ¿qué ocurre cuando el menor ya no tiene 2, 3 o 4 años? ¿Somos conscientes de la importancia de la implicación de los padres en la terapia de sus hijos?

A veces, cuando los niños y niñas empiezan Educación Primaria, consideramos que ya son lo suficientemente mayores para responsabilizarse de sus propias dificultades. Y, ¡ojo! son capaces de responsabilizarse de muchas tareas de autonomía, pero todavía necesitan un modelo que les comunique por dónde pueden ir, hasta dónde se puede llegar y qué límite no deben pasar.

Si una niña reta, grita e insulta a sus padres cada vez que se enfada, en las sesiones podrá aprender sobre el manejo de las emociones, estrategias de resolución de problemas y aprenderá a conocerse. Pero, el objetivo no se podrá conseguir si los padres no aplican adecuadamente sus normas y límites.

Si un niño con dificultades de aprendizaje tiene su autoestima mermada a causa de tanto esfuerzo para tan poca nota, necesitará algo más que el trabajo psicopedagógico correspondiente y el refuerzo continuo a su esfuerzo para potenciar su percepción de autoeficacia. Ese “algo” que se escapa a las manos de cualquier profesional es la motivación por parte de sus figuras de referencia, es ese amor incondicional que se puede demostrar de muchas maneras.

Si una adolescente a la que no le han puesto límites responde con timidez, decaimiento y miedos irracionales excesivos; podemos ganarnos el vínculo, podemos conseguir que se abra a nosotros, potenciar su autoestima y que trabaje la irracionalidad de sus miedos para sentirse más capaz. Pero, ¿qué ocurre si sigue sin tener límites? Que nunca se sentirá capaz de hacer nada porque nunca ha tenido que afrontar sus limitaciones. Además, las obligaciones aumentan su exigencia con el paso de los años mientras ella no se ve preparada para solventar las situaciones de una edad inferior.

Y, ¿qué ocurre cuando tenemos delante a un adolescente con serias dificultades para acatar cualquier norma que venga de una figura de autoridad? ¿Cómo podemos trabajar en esta situación? Podemos ganarnos al chaval, hacer que no nos vea como otra figura autoritaria que le rodea, aumentar su reflexividad… y muchas otras cosas más. Pero, ¿cómo va a conseguir ese adolescente hacer caso a la autoridad que le resulta ajena? Teniendo un trabajo paralelo con los padres sobre la forma adecuada de poner límites y mantenerlos con el paso del tiempo.

Es por esto por lo que la coordinación con los padres y su implicación es un elemento básico en el proceso terapéutico de sus hijos. Son la parte clave, junto a los hijos, de este puzzle desbaratado que nos llega por la puerta, dispuesto a encontrar las piezas perdidas que necesita para poder completarse.

 

Reseña del mes: Cuando las niñas vuelan alto (Raquel Díaz Reguera)

Tenía muchas ganas de reseñar este libro y qué mejor época que en el mes de marzo, el mes en el que las mujeres le recordamos al resto de sociedad que seguimos luchando por nuestros derechos.

Esta historia habla de tres niñas que representan a todas las niñas del planeta. Ellas son Adriana, Jimena y Martina.

Adriana es delgada y bajita. Quiere convertirse en la mejor piloto del mundo.

Jimena es muy callada y se lee todos los libros que encuentra. Quiere ser superescritora.

Martina es redondita como el punto de la i. Sueña con ser una gran violinista.

 

La persona encargada de que las niñas no pierdan la ilusión es el señor SIQUIERESPUEDES. Pero no todo es tan fácil. En esta historia no solo hay un personaje malvado. ¡Es una banda entera! La banda dirigida por NOLOCONSEGUIRÁS y sus secuaces SR.REFLEJOS, Señor-ITA, SRA.BELLEZAEXTERIOR y SR.DESIGUALDAD.

Esta banda tiene como misión principal que las niñas no cumplan sus sueños.

¿Y sabéis cómo lo consiguen? Metiendo piedras en sus zapatos, en sus bolsillos y en sus mochilas. De esta manera, con el peso de las piedras, consiguen que las niñas no puedan volar.

 

¿Qué podrán hacer Adriana, Jimena y Martina para conseguir deshacerse de esas piedras?

 

Aplicación en sesión

Este cuento se puede utilizar tanto a nivel individual como grupal, con chicos y con chicas. Con niños, adolescentes y adultos.

Con las chicas, podemos trabajar el autoconcepto y la autoestima así como los mensajes y las etiquetas que nos llegan desde el exterior. A veces, sin darnos cuenta, hacemos que esas etiquetas se conviertan en nosotras pero… ¿y si estamos a tiempo de redecidir si la queremos o no?

Con el sexo opuesto se pueden trabajar los prejuicios y la empatía. También podemos hacer un trabajo de etiquetas y de autoconcepto empezando desde una visión más alejada como son las mujeres y, poco a poco, cuando las defensas bajan, aproximarnos al autoconcepto de la propia persona con la que estamos trabajando.

 

Que las niñas vuelen alto no es solo cosa de mujeres. Todos elegimos si poner una piedra en el zapato o impulsarles para volar.