RESEÑA DEL MES: LOS MIEDOS DEL CAPITÁN CACURCIAS (José Carlos Andrés y Sonja Wimmer)

Desde hace ya unos cuantos veranos, tengo la costumbre de intercambiar cuentos con una niña más que bonita. Cada vez que nos vemos nos dejamos un libro y nos devolvemos el anterior diciendo lo que más nos ha gustado de la historia. En ocasiones, hasta nos hemos puesto actividades divertidas relacionadas con el cuento.

Como fruto de ello, este verano he podido conocer el cuento de Los miedos del Capitán Cacurcias, de José Carlos Andrés y Sonja Wimmer y editado por NubeOcho Ediciones.

 

Sinopsis

Hace poco tiempo, sin saber por qué, el capitán Cacurcias empezó a tener miedo de todo: de sus zapatos duros y del picor de su casaca, de su estatura, de que la tripulación se riera de él… ¡EMPEZÓ A TENER MIEDO DE TODO!

 

Videocuento

 

Aplicación en sesión

Los miedos del Capitán Cacurcias puede ser una buena herramienta para trabajar los miedos de una forma sutil pero directa.

Tiene dosis de humor hasta en su propio título, lo que hace que los niños y niñas se dejen llevar por el personaje y empaticen con él sin tanta reticencia. El humor alivia las emociones desagradables, por lo que este cuento se adentra en el miedo de los pequeños y, de vez en cuando, usa su humor para relativizar el momento de la historia sin romper el hilo de la trama.

Además, no solo hace que los lectores empaticen con esa parte que todos tenemos (sí, sí, hasta los adultos). Sino que también les dota de habilidades para combatir el miedo irracional haciendo a la persona más objetiva (tal y como el capitán decía ante sus imaginaciones: “no existen”, “no existen”, “no existen”).

Durante todo el hilo de la historia, podemos encontrar aquello que llamamos “psicoeducación”. El narrador explica que algunos miedos pueden derivar de situaciones, cosas o personas que no son reales y que el responsable de todo ello es la imaginación.

Por último, el capitán decide investigar dentro de su barco (metáfora de nuestro interior) y es, en ese lugar, en el que se encuentra al monstruo más terrorífico de todos los que han aparecido hasta el momento. Porque, al fin y al cabo, son nuestras inseguridades internas aquellas que despiertan nuestros miedos irracionales.

 

¿Qué pasará? ¿Conseguirá el Capitán Cacurcias acabar con ese terrible miedo irracional que se esconde en el interior de su propio barco?

Pensamientos de una adolescente: ¿Qué hace un/a psicólogo/a?

Para empezar el post, quiero decir que ir al psicólogo no es malo. Y quería decir eso como primera frase porque en la sociedad en la que vivimos parece que cuando alguien dice que “va a ir al psicólogo”, el resto piensa que esa persona está loca o depresiva.

Aunque a algunos les sorprenda, recurrir a un especialista no siempre tiene que ver  con esos dos motivos. A veces, solo necesitamos contar nuestros problemas y que alguien nos escuche de verdad. Y digo esto de escuchar de verdad porque muchas veces cuando estamos contando algo de nosotros mismos/as, sentimos que la otra persona está pasando del asunto o se lo toma sin darle la importancia que nos gustaría.

A parte de desahogarse, es normal que a todos nos ocurran una serie de circunstancias en las que no sepamos cómo afrontarlas. En estos casos los psicólogos/as, son una gran ayuda para que nos enseñen herramientas o métodos para poder salir de estas situaciones de la mejor manera posible.

Y no solo eso, durante las sesiones se reflexiona mucho y esta es una de mis partes favoritas. Hacerse preguntas sobre una misma y encontrar una respuesta que ni siquiera tú sabías… Es increíble ver que aún queda mucho por conocer sobre tu propia persona. Y esto de reflexionar también sirve para aprender sobre la actitud que tienen ciertas personas y cómo sobrevivir a algunos comportamientos que a todos nos ponen de los nervios. Resumiendo: aprender a controlar la situación.

Volviendo al principio del post donde decía que muchas personas piensan que ir al psicólogo es de locos y/o depresivos, me gustaría añadir que no es fácil abrirse tanto a una persona a la que no conoces y tampoco es fácil dar a la primera con alguien con el que puedas congeniar y poder hablar a gusto.

Por otra parte, con ir a las sesiones no es suficiente para solucionar el problema. Claro que no. Se requiere de mucha fuerza de voluntad y de mucho trabajo a nivel mental, que a veces cansa más que el físico porque en éste, es más difícil conseguir descansar, sobre todo cuando algo nos preocupa.

Y ya para terminar me gustaría decir que lo que sí es de locos es no haber tenido nunca alguna sesión de psicólog@s, porque teniendo en cuenta en la sociedad tan estresante en la que vivimos, más de la mitad de los que dicen que no necesitan ayuda, deberían probarlo. En serio, se liberan muchos pensamientos que están mejor fuera que dentro.

*Colaboración de Cristina, adolescente con muchas cosas que decir.

Reseña del mes: La hucha de los besos (Mariló Hernández y Rubén A. Cohen)

Este libro es más que bonito. Es adorable.

El libro está escrito por Mariló Hernández y Rubén A. Cohen, en Internet más conocidos como Bichitos lectores. En él, los escritores narran una historia con tintes de realidad que vivieron como familia.

 

Como su título puede dejarnos intuir, éste es un libro que habla con mucha ternura sobre las muestras de afecto y de cariño. Esas que son tan importantes para el apego de niños y adultos.

En esta historia, Ariadna le cuenta a su madre un suceso ocurrido en el colegio. Su amigo era incapaz de devolverle los besos que ella le daba y parecía tener ganas de hacerlo. Es entonces cuando su madre le habla de la hucha de los besos.

 

Toda la trama va acompañada de ilustraciones dulces y delicadas, llevadas a cabo por  Lydia Mba. Hojas llenas de luz y de colores que hacen ¡que me quiera comer la fruta y el chocolate que aparecen en sus páginas!

 

De forma más personal, este libro tiene algo muy especial para mí. Me propusieron hacer la guía didáctica que incluye su libro ¡y me sentí más que agradecida! En ella, os hablo de la importancia del cariño y del apego. De las muestras de amor tanto condicionales como incondicionales, del autoconcepto y de la autoestima. Además, también matizo la importancia de la asertividad y de enseñarles a decir “no” cuando no quieran recibir un beso o un abrazo.

Pero, como no puedo evitarlo, necesitaba añadir a la guía ejemplos concretos de muestras de cariño físicas y verbales junto a un apartado de juegos y manualidades para crear nuestras propias huchas de los besos. ¡Es tan irresistible aprender practicando y divirtiéndonos!

 

Si os interesa, podéis adquirirlo en  su tienda online. Si queréis ver otras reseñas del libro en las redes sociales, no tenéis más que utilizar el hastag #lahuchadelosbesos. ¡Encontraréis unas cuantas!

 

Todavía recuerdo cuando le pregunté a Rubén: “¿Para qué edad va dirigido el cuento?” y me respondió con contundencia: “Mónica. Los libros no tienen edad”. Y qué razón tiene nuestro amigo Rubén. El apego y el cariño es tan importante en la infancia como en la adolescencia y la adultez. Nos rodeamos de personas con quienes intimamos y en quienes nos apoyamos. Nos rodeamos de momentos y situaciones perfectas para llenar nuestras huchas de los besos.

PERMISO PARA DISFRUTAR

Según el AT (Análisis Transaccional), rama psicológica que trabajo junto a la cognitivo-conductual, hay tres aspectos (entre otros) muy importantes para lograr cambios en uno mismo. Éstas son las tres “P”. Permiso, Protección y Poder.

La primera, de la que os quiero hablar hoy, es el PERMISO.

Nos pasamos toooooda una vida aprendiendo lo que DEBEMOS y NO DEBEMOS hacer. Debemos estudiar, no debemos ser irresponsables. Debemos ayudar y no debemos hacer daño a los demás. Estos son valores muy importantes en nuestra vida, pero… ¿por qué nadie nos habla del permiso?

Permiso para expresar emociones cuando venimos de una familia muy racional o cuando aprendimos que, si mostrábamos la rabia, la consecuencia era una rabia mucho mayor. Permiso para tener éxito cuando siempre nos han dicho que somos vagos, tontos o han premiado a los hermanos sin tener en cuenta nuestros éxitos. Permiso para cometer errores ante un entorno perfeccionista que solo valora la excelencia como única opción. Permiso para estar bien cuando la vida nos ha traído enfermedades, muertes y otras desgracias. Permiso para valorar nuestras opiniones aunque siempre nos dijeran que no teníamos razón. Permiso para sentirnos decaídos cuando siempre hemos sido “fuertes” y no hemos querido preocupar a nuestros familiares…

 

Y, de lo que va este post, permiso para ser felices y disfrutar. Cuántas veces nos habrán dicho “¿no crees que ya eres un poco mayorcito/a?” ante una broma, una expresión de ilusión o mientras jugamos a un juego de mesa. ¿Habéis oído la expresión “pareces un/a niño/a” cuando mostrabais alguna emoción genuina? ¿Os ha dicho alguien “qué ingenuo eres” como algo peyorativo cuando no desconfiabais de alguien?

Por inverosímil que parezca, en gran parte de los casos que veo en consulta, me veo en la tesitura de incitarlos a disfrutar.

Hemos jugado a juegos de mesa para que descubran emociones agradables, he mandado GIFs divertidos por whatsapp para darles permiso de forma implícita a utilizarlos conmigo y, de esa manera, utilizar el humor como un recurso para la vida. He puesto, como tareas de interconsulta, que salgan de fiesta, que se vayan a un concierto o que queden con amigos para salir a cenar. Hemos hecho entre todos una playlist en Spotify llamada “Stop dramas”. Hemos hecho grupos de whatsapp en los grupos de adolescentes para potenciar las redes de apoyo desde la lejanía de los pueblos y sentir que estamos acompañados mientras nos mandamos cosas graciosas. He mostrado total apertura para recibir fotos de ellos mismos disfrutando de fiesta o en la playa como forma de registro de que se lo están pasando bien y lo pueden comunicar.

Y aun con todo esto, qué difícil puede llegar a ser que una persona decida darse permiso para disfrutar. Pesan tanto los “debería”, los “yo que soy madre”, los “yo que vivo con mis padres y les debo ese favor”…

 

Oigo muchas veces que la sociedad es perezosa, que solo sabemos quejarnos y que antes se trabajaba más y se cansaban menos. Y yo os pregunto… ¿Seguro? ¿Seguro que con estos horarios laborales, el reciclaje profesional, las tareas domésticas y la difícil conciliación familiar pecamos de holgazanes o realmente nos cuesta darnos permiso para disfrutar?