RESEÑA DEL MES: EL LIBRO INQUIETO (LOS KRICKELKRAKELS)

En el mes de junio, muchos niños están pensando en las vacaciones de verano y en no hacer nada. Aquellos a los que les cuesta un poco más esfuerzo estudiar, acaban cansadísimos de subrayar, hacer esquemas, estudiar… Examen de naturales, examen de sociales, examen de matemáticas, deberes de lengua, de inglés, trabajos de plástica…

Y es que, a mediados del tercer trimestre, llegan a las sesiones sin querer trabajar. Es en esta época en la que, sobre todo, utilizo en consulta más juegos de mesa educativos, alguna aplicación en la Tablet y, como os traigo hoy, libros más llamativos.

Hoy os traigo El libro inquieto, de Los Krickelkrakels y de la editorial Kókinos. Un libro que, según leemos, nos pide interactuar con las páginas de una forma divertida. “Pega unos golpecitos en el huevo”, “canta tu canción favorita”, “dale la vuelta al libro”…

 

 

De esta manera, los niños no leen de forma pasiva, sino que se implican en la historia y alternan momentos de lectura con diferentes actividades. Con este libro podemos trabajar la exactitud lectora, la comprensión lectora verificando que el niño hace lo que le pide el libro, la atención durante toda la historia y con tareas como seguir un laberinto, el conteo, vocabulario y causa-efecto.

 

 

 

E incluso, clínicamente, he podido trabajar la vergüenza cuando, en algún caso, les daba vergüenza dar un beso en la boca a una rana, tal y como pide en una ocasión.

 

Además, está escrito en mayúsculas, lo que facilita la lectura de los más pequeños. En ocasiones, cuando encuentro dificultad en el aprendizaje lector, les propongo leer únicamente las palabras de la página que están en negrita y son más grandes. De esta forma, me aseguro que sea un momento divertido sin que se convierta en un proceso meramente educativo y reduzco la posibilidad de que aumenten las conductas disruptivas durante la tarea.

 

 

La clave de este tipo de actividades es que aprendan divirtiéndose, no que vinculen los libros de lectura con una tarea académica.

MENORES Y JÓVENES CON PRINCIPIOS

¿Has escuchado alguna vez a alguien hablando de lo perdidos que están “los jóvenes de ahora” o desprecios sobre los adolescentes? Es común, desde hace mucho tiempo, desprestigiar a los menores o a los jóvnes de hoy en día con la justificación de que “antes todo era mejor”. Las series eran mejor, los dibujos eran más educativos, los juguetes eran de más calidad… No está mal tener capacidad crítica y hacer introspección sobre nuestro camino o sobre cómo la sociedad se dirige hacia determinados sitios. Pero, ¿qué puede ocurrir como consecuencia de esta crítica? Que solo veamos lo negativo de nuestros niños, adolescentes y jóvenes.

Solo nos fijamos o solo hablamos del alumno que molesta en clase. Solo se comenta sobre “lo mal que educan algunos padres a sus hijos”. De que ya no hay valores ni educación. De lo egoístas y materialistas que parecen al preocuparse únicamente por el móvil y el whatsapp. Y es cierto, tenemos sobredosis de estos aspectos pero… ¿seguro que solo son así? ¿Que no hay ningún otro valor inculcado?

Hoy vengo decidida a romper una lanza a favor de los menores y de los jóvenes. A defender todo lo que veo en cada persona que viene a consulta ya tenga 6 o 7 años, sea adolescente o veinteañero.

Veo adolescentes que, a simple vista, tienen un comportamiento complicado pero que, por debajo de esa actitud, hay chicos que se preocupan por sus compañeros, por mejorar y por ser felices de una manera adaptativa. También hablo con adolescentes que, tras esa fachada de chicos difíciles, me hablan de por qué no quieren fumar ni beber alcohol y de las noticias que ocurren a nivel mundial y tanto le preocupan.

Veo niños que no quieren que sus padres se gasten más dinero en ellos y niños preocupados porque sus hermanos tienen un diagnóstico de Asperger. También veo menores de todas las edades que se frustran cuando no consiguen aprobar sus exámenes después de esforzarse o preocupados por no verse capaces de conseguirlo.

Hay jóvenes que estudian y trabajan, jóvenes que quieren cambiar las cosas y que tienen proyectos de futuro.

Yo los veo ¿Y vosotros? ¿Los véis?

Adultos racionales y poco emocionales

Cada vez más, en mi práctica profesional, doy con adultos con una capacidad de raciocinio admirable. Muchos tienen un alto nivel cultural, una inteligencia media (como mínimo) y cursan o han finalizado estudios universitarios o FP. No importa la edad: 19, 25, 30, 37…

Los adultos que vienen a consulta te comentan sus inquietudes, sus dudas existenciales, te preguntan o te proponen libros, son dueños de empresas o miembros de equipos organizativos. Son padres de familia, son hermanos mayores. Son ejemplo para sus personas cercanas. Quizá son jóvenes que no han entrado al mundo laboral pero que sueñan con cambiar las cosas. Personas que piensan en sí mismos y en los demás.

Piensan… De pensar, en gran parte, va hoy este post. ¿Crees que pensar es una ventaja o un inconveniente?

 

Tic, tac, tic, tac…

 

¿Coincide lo que has pensado con alguna de estas respuestas?

“Es una ventaja, obviamente”.

“Si no pensara no podría solucionar nada”.

“Bueno, quizá pensar no me hace sentir bien”.

“Cada vez que pienso me pongo triste”

“Depende” (la amada respuesta de los/las psicólogos/as).

 

Depende, diría yo… Y, haciendo alusión a Pau Donés en Jarabe de Palo ¿de qué depende?

De muchas cosas. Depende de si los pensamientos son racionales o irracionales, de si nos sirven para solucionar problemas o nos los crean, de si pienso tanto que nunca llego a actuar, de pensar por querer controlarlo todo y frustrarme porque es imposible.

Depende de los beneficios y costes que nos supongan esos pensamientos. Qué bonito es pensar, pero qué genial es pensar y SENTIR. ¿Qué nos ocurre actualmente? ¿Por qué hay tanto adulto que piensa y tan poco adulto que SIENTE?

La educación emocional llegó a tiempo para algunos y tarde para muchos otros. Muchas generaciones han sido educadas en valores morales y en la importancia de estudiar y tener un trabajo para ganarse la vida. Cosas de vital importancia que se desvirtúan cuando no se tienen en cuenta las emociones.

Preguntas tales como “¿qué sientes?”, “¿por qué estás triste?”, “¿estás enfadado?”, “¿a qué tienes miedo?”… son impensables para muchas personas. Y no hablo únicamente desde la infancia, sino en las relaciones de pareja, amistad o incluso con sus propios hijos e hijas.

No nos enseñan cosas tan sutiles como que una misma situación puede generar emociones diferentes y que lo que yo siento está bien, de igual forma que lo que siente la otra persona también está bien. Nadie nos dice (o nos muestra mediante el ejemplo) que podemos sentir una emoción en diferente intensidad. Que no solo estamos tristes cuando lloramos o estamos enfadados cuando gritamos. Podemos estar tristes estando serios y podemos enfadarnos en determinadas situaciones y no querer empezar una discusión acalorada.

Nos refuerzan cuando somos lógicos y constantes. Nos tienen en cuenta cuando somos responsables y adaptados al medio. Y, como consecuencia, tendemos a entender nuestro mundo con pensamientos e ideas en lugar de preguntarnos qué nos hace sentir ese mundo y si nos gusta o no esa sensación.

Es entonces cuando aparecen ansiedades, miedos y tristezas que no sabemos de dónde vienen. Trabajamos una fobia y aparece otra, tenemos un entorno aparentemente feliz pero nos sentimos decaídos y tenemos insomnio por no dejar de pensar por mucho que probamos todas las técnicas que leemos en artículos y libros.

Creo fervientemente en la importancia de las inteligencias múltiples. Pero no como algo que transmitir en los menores sino a los adultos. A nosotros mismos.

 

Si hay algo más potente que un nivel de razonamiento lógico en nuestra vida es una capacidad de conocer, entender, perdonar y dirigir nuestras emociones para, más tarde, poder confiar en nuestros pensamientos.

 

Y es que ya lo dijo Van Gogh:

 

Pensamientos de una adolescente: ¿Qué nos preocupa en la adolescencia?

“Este mes me apetecía escribir sobre las preocupaciones o situaciones que nos pueden agobiar, que normalmente tenemos los adolescentes.


Por una parte, una de las cosas que más nos agobia es pensar en el futuro. Desde que empezamos la ESO, todos los profesores empiezan a hablarnos de carreras universitarias, bachillerato, notas, responsabilidad, horas de estudio… Y en esta etapa empiezas a reeplantearte qué vas a querer hacer o a qué vas a querer dedicarte el resto de tu vida. Y, en muchas ocasiones, nadie tiene claro qué es lo que le gustaría hacer porque no encuentra una carrera en la que se sienta a gusto. En este caso, creo que los centros deben tener otro enfoque hacia el futuro de los alumnos. Por ejemplo si informaran de que no hace falta ir a la universidad para tener cierto título, sino que mediante un ciclo formativo también puedes tener otras opciones para tener trabajo, posiblemente los alumnos no se agobiarían tanto pensando en que si no van a la universidad, no podrán tener opciones a conseguir trabajo.

En cuanto al tema de la universidad, que es al que me quiero enfrentar yo, creo que el sistema educativo que tenemos no nos ayuda en absoluto a disfrutar de nuestra época de aprendizaje y hacen que los alumnos pensemos más en la nota que en lo que deberíamos estar aprendiendo. No me parece justo que para acceder a una carrera tengas que tener una nota exacta. Me refiero a que si una persona quiere estudiar una carrera cuya nota de corte es 9’85, pero ha obtenido en las pruebas de acceso un 9’5, esta persona no pueda hacer la carrera que le gustaría y tiene que hacer otra en la que no se sienta cómodo/a. Estas situaciones son las que provocan un descontento general durante la época de bachillerato, en la que durante dos años tienes que dedicar la mayor parte de tu tiempo estudiando para conseguir las notas más altas y poder ir a la universidad y estudiar aquello que quieres.
Hay otros casos en los que la carrera que se quiere elegir no requiere una puntuación muy alta y, por lo tanto, la ansiedad durante estos años no es tanta, pero los alumnos también pensamos en las salidas laborales de lo que queremos estudiar y cuando piensas en ello y ves la situación de desempleo en la que muchas de las personas con estudios, másters etc. se encuentran… sientes que no vas a sobrevivir haciendo lo que te gusta. Posiblemente esto no sería así, si en los institutos los profesores u orientadores hablaran con los alumnos sobre cómo enfrentarse al futuro laboral en vez de hablar sobre la importancia de la nota de selectividad.

Dejando de lado una de las situaciones que más nos agobia a los adolescentes, hablaré de otra que tiene relación con la anterior y a la que también le damos mucha importancia. Se trata de las relaciones sociales. Por lo general, a todas las personas nos gusta relacionarnos con otros y compartir el tiempo con gente con la que nos sentimos cómodos/as, pero sobretodo en la adolescencia estas relaciones son muy importantes y cuando estas nos decepcionan, parece que hemos perdido una parte de nosotros que era muy importante.

Es en esta etapa, la adolescencia, en la que te das cuenta de que los amigos del cole dejan de serlo o quedan muy pocos, que las nuevas personas a las que conoces y que puedes considerar tus amigos, por una razón u otra acaban separándose de ti o, incluso, que tu mejor amiga/o deja de hablarte de un día para otro. Entonces es cuando sientes que puedes confiar en poca gente y te da miedo que los que se acercan a ti lo hagan por interés propio y cuando ya no te necesitan, simplemente pasan a formar parte del pasado. Esto,  muchos adultos lo  consideran como algo natural y sin importancia, pero a veces las cosas más insignificantes (a simple vista), son las que más duelen en una época en la que las emociones fluyen y no se pueden controlar.


Desde mi punto de vista, deberíamos dejar de hablar de trabajo, estudios, política… Y centrarnos más en cómo se sienten las personas que tenemos alrededor, sin infravalorar estos sentimientos que podemos ver como algo sin importancia, pero que puede que para la otra persona sea algo que de verdad le importe.”

*Colaboración de Cristina, adolescente con muchas cosas que decir.