APRENDIZAJE DIVERTIDO CON: EMOCIÓN

¿Os acordáis cuando os hablé del juego del perruco? Este mes os hablo de Emociones, un juego de cartas de la misma casa con la que los niños podrán aprender vocabulario emocional y sus diferentes intensidades.

Este juego contiene 12 familias de emociones, compuestas por 5 niveles de intensidad, 8 comodines de empatía y 4 cartas con las reglas del juego.

Modo de juego

Esta baraja de cartas se puede utilizar de forma sencilla y conocida por muchas personas, lo que la hace fácil y genera seguridad.

En mi caso, utilizo la baraja emoción como el juego del UNO y como el Cinquillo.

Emoción versión UNO

Con respecto al juego del UNO, repartimos siete cartas cada uno y dejamos una carta boca arriba en el centro de la mesa. Para poder tirar, deberemos bajar una carta que tenga el mismo color de la familia de emociones que representa la carta anterior y el mismo número. Con la diferencia que, en esta baraja, los jugadores decimos el nombre de la emoción, su familia y su nivel de intensidad. Por ejemplo:

Mientras bajo la carta digo “Euforia, alegría nivel 5”.

Cuando tiramos una carta de empatía, estaremos utilizándola como un comodín.

De esta forma, cuando nos quede solo una carta en la mano, en lugar de decir el famoso ¡uno! para no quedarnos el montón entero, diremos: ¡Emoción!

Emoción versión Cinquillo

En este caso, suelo dejar las cartas comodín de empatía en un lado sin utilizar. Como en esta baraja solo hay números del 1 al 5, deberemos bajar las cartas en orden ascendente empezando por el nivel 1 y terminando por el número 5. En esta modalidad, también decimos el nombre de la emoción, su familia y su nivel de intesidad.

En mi experiencia, he jugado con esta baraja con niños pequeños una vez ya saben leer en mayúsculas (para poder nombrar la emoción) y con adolescentes. Pueden jugar niños más pequeños siempre y cuando los adultos le expliquen aquello que deben decir al bajar cada carta.

En cuanto al grupo adolescente, me ha servido de mucha ayuda la modalidad de juego como el UNO. Les encanta ese juego y, de esta manera, podemos acercarles al vocabulario emocional sin que sientan que son juegos para niños pequeños.

Otro aspecto que gusta del juego Emoción es que se basa en aprender, poco a poco, el vocabulario emocional sin más pretensiones. No necesitan decir una situación personal, no es de vital importancia abrir su corazón.


A veces, cuando se ha llevado a cabo una sesión terapéutica complicada, los menores están cansados o son de una personalidad más introvertida, el juego Emoción puede ayudar emocionalmente sin un esfuerzo o una intromisión obvia, lo que les permite relajarse e introducirse en el mundo emocional de forma relativamente pasiva pero eficaz.

Si os ha gustado, podéis encontrarlo en su propia web:

EMOCIÓN! Amplía tu Vocabulario Emocional

RESEÑA DEL MES: ¿Me lo prestas? (Sara Laso y Marta Mayo)

En alguna otra ocasión, en este blog, se ha hablado de la idea de compartir o no entre los niños pequeños. Hay varias corrientes. Quienes opinan que es necesario y quienes creen que no es bueno obligarles a hacerlo si no quieren.

Quizá, en este aspecto, no hay una decisión buena o mala. Hay actos y cada uno tiene sus consecuencias. Si un niño decide compartir un juguete y el otro niño también lo hace, habrán establecido un trueque que les permite jugar y divertirse con objetos que para ellos son nuevos. Por el contrario, si hay un juguete que uno de los dos no quiere compartir, tendrá que aprender que es probable que el otro niño tampoco quiera dejarle los suyos, porque las relaciones son igualitarias y no sería justo que un niño lo deje todo, pero nunca pueda jugar con los juguetes del otro.

Entonces, ¿qué preferimos? ¿Jugar en conjunto y compartir o jugar solos con nuestras cosas? Hay momentos para cada cosa. Porque, de igual forma que los adultos compartimos un juego de mesa pero no dejamos nuestro móvil o nuestro coche, la clave está en el equilibrio y la capacidad de poder utilizar cualquiera de las dos estrategias.

Pero… ¿qué ocurre con un niño o una niña que nunca quiere compartir? Podemos utilizar el cuento que os traigo esta semana.


El cuento de Sara Laso y Marta Mayo titulado ¿Me lo prestas? abarca este conflicto tan usual entre los más pequeños.

Cuenta la historia de Dani, un niño al que le frustra mucho tener que compartir sus cosas y siempre se enfada con sus compañeros de clase si cogen alguna cosa suya. Esta situación lleva al protagonista a no poder jugar con sus compañeros que sí comparten y juegan juntos.

Un día, llega una compañera nueva a clase y lleva un juego muy divertido para que puedan jugar todos juntos. Pero Dani, acostumbrado a no dejar sus juguetes, no se atreve a preguntarle si puede jugar con ellos puesto que considera que van a decirle que no tal y como él hace con ellos. Lo que no sabía Dani es que se iba a quedar muy sorprendido cuando su compañera se acercara a él y le preguntara si quería jugar con ellos.


Aplicación en sesión

Este cuento es un gran material para trabajar con los más pequeños (y no tan pequeños) la idea que os comentaba al principio de este post.

No se debe compartir porque sí de la misma manera que podemos preguntarle a alguien si nos deja un juguete y nos pueden decir que no. Pero podemos ver con ellos las consecuencias que tiene nuestro comportamiento. Si nunca prestamos nuestras cosas, no querrán jugar con nosotros o no nos dejarán algo cuando lo necesitemos. Si siempre prestamos nuestras cosas a personas que no nos dejan las suyas, quizá no está siendo tan buen amigo o amiga en ese aspecto. Y, además, también pueden aprender a que las cosas se deben pedir y no coger sin avisar a sus dueños.

Es una buena forma de trabajar la empatía:

  • ¿Cómo te sentirías tú si alguien te quitara los juguetes sin avisar?
  • ¿Qué crees que te pasará si nunca, nunca dejas tus juguetes?
  • ¿Qué sentirán los demás cuando te enfadas siempre con ellos cuando, en realidad, ellos quieren jugar contigo?

Un buen libro para trabajar la resolución de conflictos desde temprana edad. Porque si no aprenden a lidiar con sus conflictos en la infancia… ¿cómo vamos a pretender que puedan resolverlos cuando sean adolescentes?

APRENDIZAJE DIVERTIDO CON: EL PERRUCO

Este mes os traigo para la sección más divertida, el juego veterano que uso en las sesiones. El perruco, un juego de emociones que me enamoró desde hace unos cuantos años y sigue sin defraudarme.

Este juego contiene un tablero, un dado y cinco fichas de colores. La forma de jugar está inspirada en la oca cambiando la expresión “de oca a oca y tiro porque me toca” por “de perruco a perruco y tiro porque soy muy cuco”.

 

Modo de juego

En las casillas encontramos números y dibujos al azar entre los que se encuentra Perruco mostrando diferentes emociones: alegría, ira, sorpresa, tristeza, aversión…

Cuando un jugador cae en la casilla de perruco, debe descifrar la emoción que siente Perruco (también se puede leer en el tablero) y decir un momento, cosa o persona que haya despertado esa emoción en su vida. Yo, por mi parte, aprovecho para que todos los jugadores pongan un ejemplo de manera que también interactúan y no desconectan hasta su turno.

Si el jugador que ha caído en el perruco, cuenta una experiencia con esa emoción, puede decir: “De perruco a perruco y tiro porque soy muy cuco”, adelantando casillas hacia el próximo perruco y volviendo a tirar. En el caso de que el niño o la niña no digan un ejemplo (en mi experiencia no ha pasado nunca), se quedarían en el mismo perruco sin avanzar.

En ocasiones, ocurre que se repiten las emociones (dado que yo dejo intervenir a todos los jugadores aunque no sea su turno) varias veces. En este caso, la premisa es que no pueden repetir los mismos ejemplos y deben buscar algo diferente que les produzca la misma emoción.

 

Por su sencillez, los niños y niñas se sienten seguros jugando. Como el desarrollo del juego coincide con el de “la oca” y es tan común en las casas, los niños suelen escoger El perruco en las primeras sesiones cuando aún no está el vínculo creado totalmente y no hay suficiente confianza como para no entender las reglas de un juego.

Pero como las reglas cambian, el juego consigue ser fácil, conocido e innovador.

 

Si os ha gustado, podéis encontrarlo en su propia web.

En la web encontraréis otro juego, la baraja de las emociones. Pero ese juego os lo cuento en otro post ;).

Adultos racionales y poco emocionales

Cada vez más, en mi práctica profesional, doy con adultos con una capacidad de raciocinio admirable. Muchos tienen un alto nivel cultural, una inteligencia media (como mínimo) y cursan o han finalizado estudios universitarios o FP. No importa la edad: 19, 25, 30, 37…

Los adultos que vienen a consulta te comentan sus inquietudes, sus dudas existenciales, te preguntan o te proponen libros, son dueños de empresas o miembros de equipos organizativos. Son padres de familia, son hermanos mayores. Son ejemplo para sus personas cercanas. Quizá son jóvenes que no han entrado al mundo laboral pero que sueñan con cambiar las cosas. Personas que piensan en sí mismos y en los demás.

Piensan… De pensar, en gran parte, va hoy este post. ¿Crees que pensar es una ventaja o un inconveniente?

 

Tic, tac, tic, tac…

 

¿Coincide lo que has pensado con alguna de estas respuestas?

“Es una ventaja, obviamente”.

“Si no pensara no podría solucionar nada”.

“Bueno, quizá pensar no me hace sentir bien”.

“Cada vez que pienso me pongo triste”

“Depende” (la amada respuesta de los/las psicólogos/as).

 

Depende, diría yo… Y, haciendo alusión a Pau Donés en Jarabe de Palo ¿de qué depende?

De muchas cosas. Depende de si los pensamientos son racionales o irracionales, de si nos sirven para solucionar problemas o nos los crean, de si pienso tanto que nunca llego a actuar, de pensar por querer controlarlo todo y frustrarme porque es imposible.

Depende de los beneficios y costes que nos supongan esos pensamientos. Qué bonito es pensar, pero qué genial es pensar y SENTIR. ¿Qué nos ocurre actualmente? ¿Por qué hay tanto adulto que piensa y tan poco adulto que SIENTE?

La educación emocional llegó a tiempo para algunos y tarde para muchos otros. Muchas generaciones han sido educadas en valores morales y en la importancia de estudiar y tener un trabajo para ganarse la vida. Cosas de vital importancia que se desvirtúan cuando no se tienen en cuenta las emociones.

Preguntas tales como “¿qué sientes?”, “¿por qué estás triste?”, “¿estás enfadado?”, “¿a qué tienes miedo?”… son impensables para muchas personas. Y no hablo únicamente desde la infancia, sino en las relaciones de pareja, amistad o incluso con sus propios hijos e hijas.

No nos enseñan cosas tan sutiles como que una misma situación puede generar emociones diferentes y que lo que yo siento está bien, de igual forma que lo que siente la otra persona también está bien. Nadie nos dice (o nos muestra mediante el ejemplo) que podemos sentir una emoción en diferente intensidad. Que no solo estamos tristes cuando lloramos o estamos enfadados cuando gritamos. Podemos estar tristes estando serios y podemos enfadarnos en determinadas situaciones y no querer empezar una discusión acalorada.

Nos refuerzan cuando somos lógicos y constantes. Nos tienen en cuenta cuando somos responsables y adaptados al medio. Y, como consecuencia, tendemos a entender nuestro mundo con pensamientos e ideas en lugar de preguntarnos qué nos hace sentir ese mundo y si nos gusta o no esa sensación.

Es entonces cuando aparecen ansiedades, miedos y tristezas que no sabemos de dónde vienen. Trabajamos una fobia y aparece otra, tenemos un entorno aparentemente feliz pero nos sentimos decaídos y tenemos insomnio por no dejar de pensar por mucho que probamos todas las técnicas que leemos en artículos y libros.

Creo fervientemente en la importancia de las inteligencias múltiples. Pero no como algo que transmitir en los menores sino a los adultos. A nosotros mismos.

 

Si hay algo más potente que un nivel de razonamiento lógico en nuestra vida es una capacidad de conocer, entender, perdonar y dirigir nuestras emociones para, más tarde, poder confiar en nuestros pensamientos.

 

Y es que ya lo dijo Van Gogh: