Pensamientos de una adolescente: ¿Cómo sabré qué quiero estudiar si no he visto nada del mundo laboral?

Este mes me gustaría hablar de una experiencia que estoy viviendo actualmente y que creo que todos los estudiantes que estén en proceso de elegir qué quieren estudiar, deberían tenerla.

En mi caso, quiero estudiar medicina, una carrera que requiere de mucha dedicación y sobretodo de vocación. Teniendo en cuenta que la carrera son seis años más unos cuantos de especialización, me gustaría saber si es realmente a lo que me quiero dedicar. Por suerte, conocí a un neurólogo que me ofreció la oportunidad de ir a pasar consulta con él algunas tardes, y así experimentar qué es ser médico en primera persona.

Durante estas tardes, he conocido diferentes casos con diferente grado de urgencia, he aprendido cosas que no están en los libros, sino que se adquieren con la experiencia; he visto que la carrera que quiero estudiar va mucho más allá de curar a las personas, porque a veces sólo necesitamos que nos escuchen… y muchas más cosas que han hecho que me dé cuenta que he nacido para trabajar en un hospital.

Como decía antes, estas oportunidades deberían ser más abundantes, y me pongo como ejemplo para explicarlo. Desde que tenía conciencia, siempre quise ser jueza (supongo que el poder me gustaba…), pero desde que estoy haciendo estas prácticas me he dado cuenta que los juzgados no son para mí, sino que me siento mucho más cómoda ayudando a los demás, en un hospital.

Por otra parte, que cada persona trabaje donde le gusta, hace que el trabajo que realice sea de mejor calidad, y si es un servicio, el resto también estará más agradecido ya que la otra persona lo estará haciendo con más ganas. A todos nos gustan que nos traten bien y esto depende de la actitud que se tenga a la hora de exponerse a trabajar.

Hoy en día, estudiar supone una carga y se hace con desilusión sin tener en cuenta que el fin de tantos años de estudio es aprender. Tal vez esto sería diferente si todos tuviéramos alguna oportunidad de aprendizaje que fuera diferente a saber el temario de un libro para hacer después un examen, y olvidar todo lo memorizado al cabo de unos días.

Estas experiencias no tienen por qué ser como la mía; hacer viajes de intercambio está de moda y es una buena forma de aprender diferentes culturas y lenguas, hacer trabajos en grupo para clase que sean más dinámicos, en el tiempo libre hacer alguna actividad que nos guste etc. Pero yo prefiero vivir cómo sería mi día a día trabajando en lo que a mí me llama la atención. Además esto no sólo te ayuda a formarte en un único ámbito, también te ayuda a madurar, a ser más independiente y a ver cómo es realmente la vida cuando creces.

Posiblemente por comodidad, los alumnos por si mismos no buscarían oportunidades como las que he dicho, entonces la intervención del centro educativo o de los profesores serviría para encontrar diferentes actividades que enriquezcan el aprendizaje. En el caso de mi instituto, se ofrece la posibilidad de participar en concursos de diferentes temas, hacer proyectos en grupo para subir la nota, en algunas asignaturas como química, se hacen experimentos en los laboratorios…

La finalidad de este post es motivar a las personas que van a entrar a la universidad para hacer algún grado, a probar con alguna actividad relacionada con esta carrera para así asegurarse de hacer lo que realmente quiere y le gusta, y sobretodo disfrutar de ello.

 

*Colaboración de Cristina, adolescente con muchas cosas que decir.

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RESEÑA DEL MES: AHORA ME LLAMO LUISA

Luis y Martín son mejores amigos. Luis es un osito con pajarita. Es el fiel acompañante de Martín en todos sus juegos y aventuras. Hacen muchísimas cosas: Montan en bicicleta por el patio, plantas verduras en el jardín, comen sándwiches en la casa del árbol y meriendan en casa cuando llueve.

Un día de sol radiante, Martín busca a al osito Luis para salir a jugar al parque, pero, por desgracia, el pobre Luis estaba tan triste que no tenía ganas de jugar. El pobre Martín hacía todo lo posible para que Luis se pusiera contento, pero no servía nada.

Y es que a Luis le daba mucho miedo contarle lo que le ocurría. Temía que, si se lo decía, dejara de ser su amigo.

 

Pero lo más bonito, es la sencillez con la que Martín responde.

 

Este cuento es una historia sencilla de un tema que, los adultos, podemos llegar a hacer complejo. Este cuento habla de la transexualidad, pero también habla de la amistad, de la aceptación, de la validación emocional y de la empatía.

 

Aplicación en sesión

Este cuento, como todos, se puede utilizar como premio al final de una sesión, para evaluar la velocidad y exactitud lectora, la comprensión, etc.

Además, es un muy buen material para hablar de la singularidad de cada persona, de que todos somos diferentes independientemente de que la persona se sienta identificada con el personaje. Se pueden tratar las diferencias de otra índole como son la discapacidad física, Síndrome de Asperger, Dificultades de Aprendizaje… y cualquier otra etiqueta que haga que los niños se sientan diferentes al resto. De esta forma, se implicarán en la historia en tercera persona y, más tarde, se puede trabajar la idea de que todos y todas nos diferenciamos en muchas cosas.

Por último y de forma más previsible, se puede utilizar en cualquier caso de transexualidad. Tanto con la persona, como con los familiares y amigos.

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Cuando los castigos no sirven de nada

“Le he quitado todo y sigue sin hacer caso”. “Le dejo sin móvil, sin tablet y sin consola y me dice que le da igual. Ya no sé qué hacer”.

A veces se acude a consulta cuando se ha llegado al límite. Al límite con los profesores, al límite con los padres y al límite con los hermanos. Cuando esto ocurre, hace tiempo que la relación con los menores se convirtió en una lucha de poder. Esta lucha solo lleva a escaladas de rebeldía en la que todos los implicados se esfuerzan por imponer lo que cada uno quiere.

¿Qué suele pasar cuando se llega a este límite? Que los adultos quieren soluciones rápidas debido a su sensación de frustración e impotencia, y los menores llegan tan acostumbrados a evitar las responsabilidades que necesitan un mayor tiempo para bajar de esa escalada límite en la que están envueltos.

En estas ocasiones, las demandas de adultos y menores no están, ni por asomo, en el mismo camino. Los padres y profesores desean que se cumplan las normas porque ya no recuerdan cuando fue la última vez que no hubo una bronca. Los menores, por su parte, hace tiempo que dejaron de sentirse comprendidos y escuchados por sus figuras de protección. Unos se sienten ninguneados, los otros se sienten juzgados.

Y, ante esta dificultad de comunicación donde los implicados se encuentran tan lejos unos de otros…, ¿qué podemos hacer? Algo diferente a lo esperado. Algo que rompe las expectativas de padres e hijos.

Los padres esperan que hagan caso a nuestros límites de profesional y sienten un aliado en nuestra parte. Los hijos, por el contrario, nos ven como una amenaza. Como a esa persona externa que no les conoce de nada y les va a juzgar por su comportamiento como el resto de los adultos. ¿Qué hacemos entonces? Lo contrario.

Antes de seguir poniendo castigos que, de momento, no han servido, necesitamos ganarnos al menor. Generar un vínculo con ellos con total confianza. Servir de modelo de figura protectora que les haga sentirse a gusto y seguros para, poco a poco, ir rompiendo esa coraza emocional que muestran en forma de comportamiento problemático.

Ante esto, no todos los padres lo entienden. “¿Por qué sigue sin hacer nada?” “¿Está “toreando” también a la psicóloga?”. Ni mucho menos. Estamos trabajando poquito a poco, de una forma diferente a la que tiene en casa y en clase y con la que no se obtienen los resultados esperados.

“Pero… ¿y qué hacemos los padres entonces? ¿Qué haga lo que quiera?”. No. No se trata de dejar a los hijos que vivan en su anarquía. Podemos dejar a un lado los castigos teniendo en cuenta los límites. Es el momento de cambiar el:

“Si no haces los deberes te quito el móvil”

por

“Si haces los deberes tienes media hora de móvil y si recoges tu habitación tienes media hora más”.

Consiste en poner la norma que queremos que se cumpla desde un lenguaje positivo. Si haces una cosa, te premio con otra. Además, es muy importante que el premio sea lo suficientemente motivador como para que al menor le compense hacer esa norma que le supone tanto esfuerzo.

“¡Pero si solo es hacer la cama! ¿Cómo le va a costar?”. Hacer la cama, no es solo hacer la cama. Poner la mesa, no es solo poner la mesa. Estudiar, aunque pensemos que “es su deber”, no es solo estudiar. Todas estas conductas a realizar, como decía al principio, ya se han convertido en una lucha de poder, en una forma de relacionarse y empieza a ser la forma en la que se crea el autoconcepto como los que se definen diciendo “soy el gracioso de clase” o “soy un liante” y cambiar estas etiquetas, amigos, supone un arduo trabajo de padres, profesores, menores y psicólogos.

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Pensamientos de una adolescente: Me aburro en clase ¿Me ayudas?

Es realmente raro encontrar alumnos que necesiten más material de trabajo y por eso, la mayoría de personas no les prestamos atención a estas necesidades. El error está en que al igual que una persona a la que le cuesta estudiar  necesita adaptaciones, otra también las puede necesitar para enriquecer sus conocimientos.

El resto de la publicación va a tratar sobre mi experiencia y mi opinión personal. Entiendo que muchos no la compartan, pero siento que este es uno de los pocos medios en los que me puedo sentir escuchada.

Desde hace mucho tiempo, yo digo que en clase me aburro. Y no es porque no me interese lo que están explicando, o porque no tenga interés. De hecho, a mí me pasa todo lo contrario. Me aburro porque escuchar lo mismo durante cincuenta y cinco minutos que dura la clase, cuando ya lo tengo claro, cansa. También entiendo que hay alumnos a los que les cuesta más entender el temario y requieren de más duración en la explicación u otro tipo de atención.

Por eso mismo, me puse en contacto con el centro y expliqué cómo me sentía en clase. Lo único que hicieron fue repetirme unas pruebas que me habían hecho hacía dos meses, y después, todo se quedó como estaba. Yo nunca me quejé, pero sí sentía impotencia porque yo sabía que podía avanzar pero nadie me dejaba hacerlo.

Esto hizo que a parte de seguir en la misma situación en la que estaba antes, perdiera motivación por ir al instituto, y cuando esto pasa, tu rendimiento no es el que era. Cosa que frustra mucho cuando crees que podría irte  mejor, pero cuando intentas solucionarlo hay algo que no te permite hacerlo.

Todos estos sentimientos, que me resultan tan difíciles de expresar, hacen que para mí el instituto sea un lugar en el que no me siento a gusto ni comprendida por la gente que hay allí.

Teniendo en cuenta mi experiencia, mi opinión es que los profesionales del centro han intentado no darle importancia al asunto y han evitado tener más trabajo, cosa que me molesta porque luego en clase cada uno de los profesores, se encarga de decirnos que debemos trabajar y esforzarnos más, y cuando un alumno/a pide eso, entonces nadie hace nada. Y desde mi punto de vista, si este tema se tratara con más seriedad, se podría conseguir sacar muchas cosas buenas de las personas que tienen interés en aprender.

Por último, creo que todos los alumnos deberían ser escuchados y atendidos según sus necesidades y, también pienso que en la educación se necesitan profesionales con más vocación y con la mente más abierta, sin centrarse solo en los resultados académicos.

 

*Colaboración de Cristina, adolescente con muchas cosas que decir.

 

 

 

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