Reseña del mes: María, ¿qué color comes? (Noelia Caballero)

Este mes os traigo un libro que habla de algo que nos preocupa a todos. ¿Cuántas veces habéis hablado sobre lo que comen o no comen vuestros hijos/as? Que si hay peleas para que coma, que si tarda mucho en comer, que si no come a menos que tenga la televisión puesta… Y en cuanto a niños más mayores, ¿conocéis a alguno que coma con ansiedad? ¿Que solo coma pizza y macarrones? ¿Que se alimente a base de bollería industrial, chuches y patatas de bolsa?

Hoy os presento María, ¿Qué color comes?, una historia que pueden leer hasta los más peques ya que está en cartoné y los dibujos ocupan una gran parte del libro.

Es la hora de merendar y la madre de María le pone un gran plato de frutas de muchos colores. María, sorprendida, le pregunta: “¿por qué las frutas y verduras son de tantos colores?”. Y es así como empieza una historia en la que la escritora, en la voz de la madre de María, nos cuenta cómo nos puede ayudar cada alimento.

Las de color verde sirven para reparar todo lo que se estropea dentro del cuerpo y nos ayuda a mejorar cuando nos ponemos enfermos.

Las de color amarillo y naranja sirven para tener una piel sana y potenciar la vista.

Las de color blanco sirven para protegernos de nuestros “bichitos internos” y ayudan a nuestros huesos y articulaciones.

Las de color rojo sirven de ayuda a nuestro corazón y a nuestra sangre.

Y las de color morado nos permiten tener más memoria e influyen positivamente en nuestro aprendizaje.

 

Además, en el libro, María aprende qué tipos de frutas y verduras son de color verde, amarillo, naranja, blanco, rojo y morado. Una idea genial para aprender vocabulario sobre nutrición y sobre los colores.

 

Un libro lleno de colores y alimentos. ¡Es difícil leerlo sin que te entre hambre! ¿Os atrevéis?

LA IMPORTANCIA DE LOS PADRES EN LA TERAPIA DE SUS HIJOS

Cuando los niños son pequeños y el objetivo de consulta consiste en manejar las rabietas, conseguir que coma aceptablemente bien o explicar un divorcio, nos parece algo más obvio que los padres tengan un gran peso en el proceso de terapia.

Pero, ¿qué ocurre cuando el menor ya no tiene 2, 3 o 4 años? ¿Somos conscientes de la importancia de la implicación de los padres en la terapia de sus hijos?

A veces, cuando los niños y niñas empiezan Educación Primaria, consideramos que ya son lo suficientemente mayores para responsabilizarse de sus propias dificultades. Y, ¡ojo! son capaces de responsabilizarse de muchas tareas de autonomía, pero todavía necesitan un modelo que les comunique por dónde pueden ir, hasta dónde se puede llegar y qué límite no deben pasar.

Si una niña reta, grita e insulta a sus padres cada vez que se enfada, en las sesiones podrá aprender sobre el manejo de las emociones, estrategias de resolución de problemas y aprenderá a conocerse. Pero, el objetivo no se podrá conseguir si los padres no aplican adecuadamente sus normas y límites.

Si un niño con dificultades de aprendizaje tiene su autoestima mermada a causa de tanto esfuerzo para tan poca nota, necesitará algo más que el trabajo psicopedagógico correspondiente y el refuerzo continuo a su esfuerzo para potenciar su percepción de autoeficacia. Ese “algo” que se escapa a las manos de cualquier profesional es la motivación por parte de sus figuras de referencia, es ese amor incondicional que se puede demostrar de muchas maneras.

Si una adolescente a la que no le han puesto límites responde con timidez, decaimiento y miedos irracionales excesivos; podemos ganarnos el vínculo, podemos conseguir que se abra a nosotros, potenciar su autoestima y que trabaje la irracionalidad de sus miedos para sentirse más capaz. Pero, ¿qué ocurre si sigue sin tener límites? Que nunca se sentirá capaz de hacer nada porque nunca ha tenido que afrontar sus limitaciones. Además, las obligaciones aumentan su exigencia con el paso de los años mientras ella no se ve preparada para solventar las situaciones de una edad inferior.

Y, ¿qué ocurre cuando tenemos delante a un adolescente con serias dificultades para acatar cualquier norma que venga de una figura de autoridad? ¿Cómo podemos trabajar en esta situación? Podemos ganarnos al chaval, hacer que no nos vea como otra figura autoritaria que le rodea, aumentar su reflexividad… y muchas otras cosas más. Pero, ¿cómo va a conseguir ese adolescente hacer caso a la autoridad que le resulta ajena? Teniendo un trabajo paralelo con los padres sobre la forma adecuada de poner límites y mantenerlos con el paso del tiempo.

Es por esto por lo que la coordinación con los padres y su implicación es un elemento básico en el proceso terapéutico de sus hijos. Son la parte clave, junto a los hijos, de este puzzle desbaratado que nos llega por la puerta, dispuesto a encontrar las piezas perdidas que necesita para poder completarse.

 

Pensamientos de una adolescente: El impacto del feminismo en l@s adolescentes

“Hasta hace poco, la mentalidad de la sociedad decía que la mujer sólo servía para estar al cuidado del hogar y de la familia. De manera que si eras mujer, desde que nacías ya tenías ese cargo que tendrías que desempeñar durante toda tu vida. Afortunadamente, se puede observar cierto avance en cuanto a “una nueva mentalidad”, que ve a las mujeres como capaces de conseguir tantos méritos como los hombres de manera que, podemos hablar de igualdad entre géneros.

Sería fácil si todo terminara ahí: en que todos creemos que tanto mujeres como hombres somos iguales y por lo tanto, ninguno de los géneros está por encima del otro. A pesar de haber avanzado y haber conseguido que una gran parte de la población tenga una mentalidad más abierta y trate con igualdad a ambos géneros, también hay otra parte que sigue teniendo esas creencias machistas que no permiten el avance de la sociedad y hace que sigamos estancados en una constante lucha por conseguir que la mujer sea tratada con igualdad.

Gracias a esta lucha, ha surgido un nuevo término que define una ideología que defiende que las mujeres tengas los mismos derechos que los hombres. Este es el feminismo, una palabra que ha causado más de una confusión, porque algunas personas creen que esta ideología defiende la superioridad de la mujer, cuando realmente defiende la igualdad de derechos. Además, el feminismo lucha por poder obtener la libertad de que por ejemplo, un hombre pueda llorar sin sentirse menos masculino o etiquetado de ser homosexual (como si eso fuera un insulto…)

Por otra parte, en los colegios e institutos se está implantando un nuevo modelo de educación que tiene como principal objetivo enseñar desde la igualdad de valores sin discriminación según el sexo. Este es el modelo de coeducación. No es obligatorio, pero considerando que las ideas machistas que tienen algunas personas se deben a la educación que recibieron, ¿por qué no impedir el origen del problema? Desde mi punto de vista, sí he notado un cambio en la educación. Ahora, todos los cursos reciben charlas en las que se hablan de la violencia de género, la igualdad entre sexos, el feminismo… Además, a pesar de que la aparición de mujeres en los libros es escasa, los profesores (por lo menos los de mi centro), insisten en citar a mujeres que han demostrado ser igual de válidas que los hombres en todos los ámbitos. Marie Curie, Virginia Woolf, Frida Kahlo, Rosalind Franklin, Marilyn Monroe etc. No son menos importantes que cualquier hombre.

Para finalizar el post de este mes, me gustaría dar un pequeño resumen sobre mi opinión acerca de la sociedad de hoy en día: actualmente creo que se tiene en cuenta la gravedad de la mentalidad machista y cómo afecta sobretodo a las mujeres (sólo tenemos que mirar los casos de violencia de género que hay al año y cuántas mujeres mueren por haber sido maltratadas). Por suerte, el feminismo crece, y cada día se suman más personas a la lucha para evitar que se siga oprimiendo a las mujeres y demostrar que todos somos iguales. A pesar de esto, debemos seguir trabajando para lograr una sociedad igualitaria en la que todos dispongamos de la libertad y de los derechos que merecemos.”

 

*Colaboración de Cristina, adolescente con muchas cosas que decir.

Batallas Corrientes: “Tú eliges cómo vivir tu vida”

Este mes, la sección de Batallas Corrientes corre a cuenta de una chica de 16 años con una gran habilidad de introspección. Todos pasamos por momentos complicados y todos aquellos que pasan por un proceso terapéutico se enfrentan a mirarse a sí mismos. A buscar en esos lugares que a veces, por no querer mirarlos, tienen telarañas. Seguimos el mes de las mujeres valientes y decididas que se esfuerzan por ser más felices.

 

“Tú eliges cómo vivir tu vida”

“Esta frase, tan lapidaria como cargada de razón, la habré escuchado, al menos, cinco o seis veces de la boca de Mónica. Y si la he escuchado cinco veces, cuatro de ellas he hecho oídos sordos. Imagino que a punto habrá estado de traerme un cartel luminoso, con letras fosforescentes, para pegármelo en la frente, a ver si me entraba ya en esta cabecita pensante. He hecho caso, he querido escuchar (por fin) y por eso estoy aquí, de forma voluntaria, para que todo el mundo se entere: no hay peor enemigo que la cabeza de una.

Si nos detenemos a pensar, ¿acaso es peor un enemigo físico que tu propia cabeza?

Yo, sin duda alguna, escojo la cabeza propia. No hay nadie que te conozca mejor que tú a ti misma; tus miedos, tus inseguridades, tus sucias mentiras, tus ansiedades, tus mea culpa… tu cabeza hasta elige la forma en que ves las cosas mediante el rol.

Sí, he dicho rol. ¿Y qué es? La forma que tienes de pensar, vestir, actuar, moverte y resolver los conflictos de tu propia vida. El rol es exactamente el “tú eliges cómo vivir tu vida” y, en mi caso, yo he elegido vivir mi vida como si fuese un maldito infierno a cada segundo de mi existencia. Escogí el rol de sufridora.

Y no exagero ni un ápice. Ser una sufridora implica que todo sea una lucha titánica. Convertir lo más mínimo en una desgracia, una catástrofe, lo peor del mundo, como tal rezaba el cartel de Homer Simpson en uno de los capítulos de The Simpsons, “the end is near”.

¿Te cambian un examen a última hora? Madre mía, qué tragedia; ¿te baja la regla dos o tres días antes y no llevas compresa, o la llevas pero no la esperabas y te desmonta los planes? Estoy llorando pero hacia dentro, parece que el mundo está en mi contra; ¿suspendes un examen? Dios santo, no voy a tener futuro laboral;  ¿te suspenden una asignatura? Voy a tener un ataque de ansiedad, lo estoy sintiendo; ¿discutes con alguien? No te preocupes, si al momento no empiezas a comerte la cabeza, luego lo harás cuando estés en la cama, cómoda, segura y tapadita, con tiempo de sobra para tener ataques de ansiedad por todas las tragedias cotidianas. Y así con todo. Es algo verdadera y auténticamente agotador, que te desgasta muchísimo y, para colmo, te roba la energía que te estás reservando para hacer lo que fuera en tu tiempo libre. A veces llegas a la mitad del día dando cabezadas de cansancio, bostezando de forma exagerada por las esquinas o con un agotamiento que no te tienes en pie. Sí, agotamiento físico. Porque tener esta filosofía de vida induce a la ansiedad, al estrés, a la angustia, a estar en un estado de pánico continuo que te hace estar en alerta, en tensión. Y si tienes que estar siete horas en tensión, aunque sea a costa de tu propia salud, las estarás porque tu rol no se puede permitir que tú estés tranquila, que tengas un buen día y que te rías sin pensar en que la ansiedad acecha o te tira de la cuerda.

A veces tengo la decencia de pararme, de respirar hondo y de pensar, plantearme por unos segundos cómo sería mi vida si yo no fuese una sufridora innata. ¿Habría sufrido con tanta intensidad el acoso escolar que viví? ¿Habría pasado tan mal los tormentosos años de la ESO? ¿Estaría luchando tan titánicamente por burradas ahora, que soy más adulta y que he medio-caído del árbol?

Pensar en esas cosas me hace, a veces, sentirme culpable y decepcionada conmigo misma por haberme llevado por el peor camino posible: el del sufrimiento. Tal es la culpabilidad que, muchas veces, trato de achacar al “ambiente de mierda” o la “familia de mierda” la actitud que tengo ante mí misma. Porque es más fácil pasarle la patata caliente a otro, más fácil lavarse las manos y decir que tú no fuiste porque, si dices que fuiste tú, tienes que cargar con el hecho de que es culpa tuya, de que tú te estás llevando a este martirio y que, en un momento u otro, te reventará en la cara en forma de una explosión emocional insalubre a nivel físico también.

Por suerte o por desgracia, (creo que) he asumido que yo misma induzco la mayoría de mi sufrimiento y, como tal, he decidido plantarle cara y darle la vuelta a la tortilla: tratar de asumir otra actitud ante la vida. Y si hay algo más difícil que vivir en el rol de sufridora, es asumirlo e intentar cambiarlo, porque hay tantas, tantísimas actitudes y frases lapidarias implícitas, que da la sensación de que tienes que demolerte a ti misma y volverte a construir.

No obstante, estoy dispuesta a asumir ese precio. No se puede ir por la calle diciéndote a ti misma que “no puedo ser feliz”, “no merezco que los demás me traten bien”, “me merezco las desgracias” o mi favorita, “como tengo tan mala suerte en la vida”. Ya no solo asumo que todo es una mierda, sino que lo achaco a una externalidad, como si yo estuviese de espectadora de la propia película de mi vida, a la cual llamé, en primera instancia, “cómo ser yo y no morir en el intento” y que ahora he rebautizado como “yo y mis circunstancias”. Poca cosa habrá más sana que aceptar tus errores o, por lo menos, saber que están ahí.

Ahora estoy en total proceso de metamorfosis, ¿es duro? Sí, durísimo, ¿es difícil? Más que todas las matemáticas del mundo juntas; ¿se pasa mal? Diría yo que incluso peor que teniendo este rol. Pero el sufrimiento, como todo, se acabará yendo. O, al menos, eso me ha dicho Mónica.”