Batallas Corrientes: “Tú eliges cómo vivir tu vida”

Este mes, la sección de Batallas Corrientes corre a cuenta de una chica de 16 años con una gran habilidad de introspección. Todos pasamos por momentos complicados y todos aquellos que pasan por un proceso terapéutico se enfrentan a mirarse a sí mismos. A buscar en esos lugares que a veces, por no querer mirarlos, tienen telarañas. Seguimos el mes de las mujeres valientes y decididas que se esfuerzan por ser más felices.

 

“Tú eliges cómo vivir tu vida”

“Esta frase, tan lapidaria como cargada de razón, la habré escuchado, al menos, cinco o seis veces de la boca de Mónica. Y si la he escuchado cinco veces, cuatro de ellas he hecho oídos sordos. Imagino que a punto habrá estado de traerme un cartel luminoso, con letras fosforescentes, para pegármelo en la frente, a ver si me entraba ya en esta cabecita pensante. He hecho caso, he querido escuchar (por fin) y por eso estoy aquí, de forma voluntaria, para que todo el mundo se entere: no hay peor enemigo que la cabeza de una.

Si nos detenemos a pensar, ¿acaso es peor un enemigo físico que tu propia cabeza?

Yo, sin duda alguna, escojo la cabeza propia. No hay nadie que te conozca mejor que tú a ti misma; tus miedos, tus inseguridades, tus sucias mentiras, tus ansiedades, tus mea culpa… tu cabeza hasta elige la forma en que ves las cosas mediante el rol.

Sí, he dicho rol. ¿Y qué es? La forma que tienes de pensar, vestir, actuar, moverte y resolver los conflictos de tu propia vida. El rol es exactamente el “tú eliges cómo vivir tu vida” y, en mi caso, yo he elegido vivir mi vida como si fuese un maldito infierno a cada segundo de mi existencia. Escogí el rol de sufridora.

Y no exagero ni un ápice. Ser una sufridora implica que todo sea una lucha titánica. Convertir lo más mínimo en una desgracia, una catástrofe, lo peor del mundo, como tal rezaba el cartel de Homer Simpson en uno de los capítulos de The Simpsons, “the end is near”.

¿Te cambian un examen a última hora? Madre mía, qué tragedia; ¿te baja la regla dos o tres días antes y no llevas compresa, o la llevas pero no la esperabas y te desmonta los planes? Estoy llorando pero hacia dentro, parece que el mundo está en mi contra; ¿suspendes un examen? Dios santo, no voy a tener futuro laboral;  ¿te suspenden una asignatura? Voy a tener un ataque de ansiedad, lo estoy sintiendo; ¿discutes con alguien? No te preocupes, si al momento no empiezas a comerte la cabeza, luego lo harás cuando estés en la cama, cómoda, segura y tapadita, con tiempo de sobra para tener ataques de ansiedad por todas las tragedias cotidianas. Y así con todo. Es algo verdadera y auténticamente agotador, que te desgasta muchísimo y, para colmo, te roba la energía que te estás reservando para hacer lo que fuera en tu tiempo libre. A veces llegas a la mitad del día dando cabezadas de cansancio, bostezando de forma exagerada por las esquinas o con un agotamiento que no te tienes en pie. Sí, agotamiento físico. Porque tener esta filosofía de vida induce a la ansiedad, al estrés, a la angustia, a estar en un estado de pánico continuo que te hace estar en alerta, en tensión. Y si tienes que estar siete horas en tensión, aunque sea a costa de tu propia salud, las estarás porque tu rol no se puede permitir que tú estés tranquila, que tengas un buen día y que te rías sin pensar en que la ansiedad acecha o te tira de la cuerda.

A veces tengo la decencia de pararme, de respirar hondo y de pensar, plantearme por unos segundos cómo sería mi vida si yo no fuese una sufridora innata. ¿Habría sufrido con tanta intensidad el acoso escolar que viví? ¿Habría pasado tan mal los tormentosos años de la ESO? ¿Estaría luchando tan titánicamente por burradas ahora, que soy más adulta y que he medio-caído del árbol?

Pensar en esas cosas me hace, a veces, sentirme culpable y decepcionada conmigo misma por haberme llevado por el peor camino posible: el del sufrimiento. Tal es la culpabilidad que, muchas veces, trato de achacar al “ambiente de mierda” o la “familia de mierda” la actitud que tengo ante mí misma. Porque es más fácil pasarle la patata caliente a otro, más fácil lavarse las manos y decir que tú no fuiste porque, si dices que fuiste tú, tienes que cargar con el hecho de que es culpa tuya, de que tú te estás llevando a este martirio y que, en un momento u otro, te reventará en la cara en forma de una explosión emocional insalubre a nivel físico también.

Por suerte o por desgracia, (creo que) he asumido que yo misma induzco la mayoría de mi sufrimiento y, como tal, he decidido plantarle cara y darle la vuelta a la tortilla: tratar de asumir otra actitud ante la vida. Y si hay algo más difícil que vivir en el rol de sufridora, es asumirlo e intentar cambiarlo, porque hay tantas, tantísimas actitudes y frases lapidarias implícitas, que da la sensación de que tienes que demolerte a ti misma y volverte a construir.

No obstante, estoy dispuesta a asumir ese precio. No se puede ir por la calle diciéndote a ti misma que “no puedo ser feliz”, “no merezco que los demás me traten bien”, “me merezco las desgracias” o mi favorita, “como tengo tan mala suerte en la vida”. Ya no solo asumo que todo es una mierda, sino que lo achaco a una externalidad, como si yo estuviese de espectadora de la propia película de mi vida, a la cual llamé, en primera instancia, “cómo ser yo y no morir en el intento” y que ahora he rebautizado como “yo y mis circunstancias”. Poca cosa habrá más sana que aceptar tus errores o, por lo menos, saber que están ahí.

Ahora estoy en total proceso de metamorfosis, ¿es duro? Sí, durísimo, ¿es difícil? Más que todas las matemáticas del mundo juntas; ¿se pasa mal? Diría yo que incluso peor que teniendo este rol. Pero el sufrimiento, como todo, se acabará yendo. O, al menos, eso me ha dicho Mónica.”

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