Acoso escolar: El problema que nos incumbe a todos (1ª Parte)

Cada vez más, el acoso escolar se entromete en nuestra vida, en nuestras conversaciones, en nuestras televisiones y periódicos digitales. Cada vez somos más conscientes de que existe. Aunque es una verdadera lástima que lo oigamos debido a los fallecimientos de cada vez más adolescentes.

Por otra parte, ¡menos mal que por fin se habla de ello! El acoso escolar ha existido siempre pero con otro nombre: peleas fuera del centro, menores problemáticos, alumnos marginados… Siempre ha existido y siempre ha habido consecuencias terribles, la diferencia se basa en que ahora los medios se hacen eco y sensibilizan a la población.

A pesar de ello, como es costumbre de este país en el que la cultura y las creencias están muy arraigadas, falta mucho por hacer. Pero no solo falta por hacer en cuanto a la intervención familiar, en el centro o de forma individual. Queda mucho por hacer incluso con las creencias que perpetúan el comportamiento de la víctima. Son lo que yo llamo “frases lapidarias”. Estas frases se utilizan en muchísimos contextos, incluido el ámbito terapéutico. Hoy me centro en las frases lapidarias pasadas de generación en generación relacionadas con un comportamiento inadecuado ante los conflictos.

La primera frase lapidaria es aquella que dice: “Los niños tienen que arreglar solos sus problemas, tienen que aprender a valerse por sí mismos”. En principio, es una frase más que acertada ¿verdad? Pero, ¿qué ocurre cuando un niño pequeño, en los primeros cursos de Educación Infantil y Educación Primaria es objeto de burlas de vez en cuando? Siempre se empieza “de vez en cuando”, nunca se es víctima de acoso pasando de 0 a 100.

Un niño pequeño que recibe ataques de algún compañero dominante y no recibe alguna pauta de cómo actuar, puede optar por varias opciones. Hagamos una lluvia de ideas:

  • Puede contestar asertivamente (precisa de un nivel cognitivo algo complejo)
  • Puede contestar al ataque por medio de la fuerza física.
  • Puede pedir ayuda a un adulto.
  • Puede quedarse callado y aguantar el ataque haciendo que el agresor vea en él un “blanco fácil”.

Si tenemos claro que explicaríamos a un niño que la violencia no se combate con violencia y si no dudamos al pensar que tendríamos una charla con el pequeño si pega a otro niño. ¿Por qué no lo tenemos tan claro a la hora de darle alguna pauta para aprender a defenderse? No es lo mismo criar hijos autónomos que la idea de no proporcionarles la ayuda que necesitan con la justificación de hacerles independientes.

Es posible que un niño no sepa cómo actuar al recibir su primer ataque porque es algo nuevo para él. ¿Por qué no preguntarle qué podría hacer? ¿Por qué no pensar juntos un plan para la próxima vez que ocurra?

 

La otra frase lapidaria de la que quería hablar es la de “eres un quejica”. Algunos niños se pasan el día diciendo a los adultos: “mamá, el tete me ha quitado el juguete”, “papá, la tata me ha dicho que soy tonto”, “profe, Fulanito se ha colado”…

Cuando esto ocurre, es importante que recordemos lo mismo que he comentado anteriormente. Un niño no se queja de 0 a 100. Durante un periodo de tiempo que puede haber durado meses o años, ese niño al que se le llama quejica ha vivido situaciones que ha sentido como amenazantes y no se ha visto con las suficientes habilidades para hacerle frente.

Antes de llamarles “quejicas” o “llorones”, es conveniente que hagamos una evaluación de la situación con nuestra mente adulta. ¿Se ha acostumbrado a que los adultos le solucionen todo? Es posible. ¿Se enfada más que otros niños cuando algo no sale como él quiere? También es posible. Pero, ¿y si no ha conseguido estrategias para afrontar esos conflictos que, a su edad, le parecen terribles?

 

Es muy positivo para los niños que crezcan en un ambiente de autonomía e independencia. Pero, por favor, no convirtamos a la víctima en el culpable de su situación.

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